martes, 18 de julio de 2017

Sal y otras quemaduras.


Otras quemaduras en las manos, en la boca y en la percepción de la belleza.
Y que salgas, he dicho.

 Solo una más y lo dejo. Seis.
Un día dije que sobre ella no escribiría, hasta que otro día dejé pasar a las arañas.
Solo una vez, dije.
Porque así devorarían mis mariposas en la garganta y ella lo merecía.
Y ahí acabaría la cosa.
Hasta que volví a escribir y me he vuelto a caer en mis manos que se creen con derecho a traicionarme la voz. Y las arañas se han quedado sin tela que tejer y sin insectos que embaucar.



 Si pudiera vivir en primavera y verano a la vez no dejaría de verte pasar. Seis.


Es una batalla perdida contra mí la de acabar escribiendo cada vez que

 Las veces que he vuelto para no quedarme. Seis.

He volado un poco hoy, he regresado a mi bosque de los 17 y me he dejado perder por las ramas unos minutos que después han sido tres segundos.
El tiempo vuela más deprisa que yo cuando sonrío como antes y han vuelto a crecer flores en raíces olvidadas.
He llovido en ríos secos (y han llovido ellos en mí) y han vuelto a respirar los muertos.
Han alzado el vuelo gotas de rocío que han cambiado ya de nombre siete veces, y al revés.
He plantado cinco rosas en las comisuras de tus labios y me he vuelto a pinchar tan intencionadamente como siempre.
Me he tenido que volver a coser el pecho al suelo y ha vuelto a no servir de nada.
He vuelto a oír el mar en Madrid y a notar sal en la boca, de esa que sabe dulce.
He reivindicado mi opinión de que algunos de menos molesta más echarlos y este en concreto está siendo de los más desagradables.



 Los gritos 1. Cinco.
Quiero decir que me echo de menos.
Quiero gritarme que vuelvas.
Quiero cortarme los miedos
y no acabo de encontrar las tijeras.
Quiero decir que lo siento, pero no sé a quién perdonar.
Quiero dejar de olvidarme
y aprender a decirme te quiero.
Quiero creerme.
Pero cada vez que abro los gritos se me cierra la boca sin saber a quién demonios se lo puedo decir.



 Nos faltan las ganas. Uno.
Creo que hay un lugar en el mundo donde nadie tiene miedo, y que solo es cuestión de encontrar el tuyo.
Creo que todas las sonrisas son de verdad, aunque no sean de alegría, igual que no todas las lágrimas las pierdes por dolor.
Y que cada uno sobrevive como quiere. O como puede.
Creo que las generalidades se inventaron por pereza.
Y creo que nada es mentira, que no tenemos miedo, que lo que nos faltan son ganas.



 Los gritos 0. Cinco.
Ojalá te tuviera.
De espaldas.
De boca.
De calle.
De fiesta.
O de mar.
De todo a la vez.
Ojalá te tuviera algún rato.
Aunque tú no estuvieras.
O aunque no lo supieras.
Ojalá te tuviera descalza
y en los tacones más altos también.
Ojalá tenerte
bailando tango.
Ojalá tenerte
y no soltarte.

Ojalá en la lluvia.
En cualquier gota.
En querer mojarse.
Ojalá corriendo
a ninguna parte
desafiando al viento,
ganándole al suelo
todos los kilómetros que aún no (te) tengo.

Y ojalá quisieras correr conmigo
y cansar el alma
y descansar la vida
de todas las mentiras
que nos cuentan para sobrevivir
sin tocar estrellas.

Y si pudiéramos contar,
y tocar,
(estrellas)
te atreverías a apostar
cuántas veces perderíamos la batalla
y la cordura
antes de tocar la luna.
Y cuántas veces nos reiríamos de las ganas
que otros creen que no tuvimos.
El cielo es demasiado grande y yo me dejé atar demasiado corto.
Pero la cuerda se ha vuelto débil y mis manos se han vuelto de alguien que sí se atreve a tirar de ella, por lo menos, hasta escaparse fuera.

Ojalá quemarnos
antes que morirnos de frío.
Y derretir los años
que se creen que nos han robado.
Y devolver los gritos
que tan a buen recaudo habíamos guardado.


Bienvenidos al mundo de la contradicción descalza, la poesía reprimida y la libertad disfrazada.

 Los días malos. Cuatro.
El tiempo se sigue dilatando y nunca jamás se acaba de romper.
Los días ya no tienen veinticuatro horas y los minutos duran noventa y siete segundos y a cada noventa y ocho respirar me cuesta un poco más.
Tengo los días que me quedan atragantados en los dedos de los pies y cada vez que los estiro me duele un poco el corazón.
Se me están acabando las excusas y no hago más que perder todo el tiempo que no quiero en buscarme otras nuevas.
Las paredes se están empezando a enamorar y todas se han encaprichado de la que le ha cortado los dedos. Pero si va a ser a mi costa que se besen todos los opuestos que me tengan que asfixiar.


 Lo llaman esencia y tú la tienes.


 De ADN y otras estructuras. Tres.
Quiero flores en el pelo,
besos en el cuello.
Quiero la sonrisa más grande del mundo y que sea solo tuya.
Quiero un para siempre que no venga con firma para celebrarlo continuamente.
Quiero la confianza que espanta al miedo,
esas ganas de alzar el vuelo.
Que si una canción me recuerda a ti no tenga más que pedirte un vals.
Y que sea un tango.
Bailar descalza
sobre la arena
y sobre todo
sobre ti.
Quiero esa tranquilidad en la boca, feliz, y en los párpados recién levantados.
Grabar a fuego lento y rápido y a todas las velocidades esas ganas.
Y pintar toda la música que podamos colgar de las ventanas cuando queramos arder a oscuras.
Estrenar la primavera en tu nariz
y los rayos del sol en tus piernas.
Y en las mías.
A la vez.


 El gato negro que no me he cruzado. Tres.
De todo a nada hay un suspiro, una sonrisa, un por fin.
Hay una mudanza, un encontrarse en casa, saber que has llegado a un hogar.
De todo a nada está la inconsciencia que más va a doler de todas.
Una tormenta de porqués.
Varios diluvios de dudas.
Después de todo
y antes de nada
va a venir la esperanza más descorazonadora que te vaya a poder romper en trozos.
Y vas a ver tu casa desde detrás de un cristal y va a ser la exposición más bella de la que quisieras volver a ser obra. De arte. Y ahora solo quedan ladrillos. Y ya no.
Y la nada te va a tocar el hombro porque quiere ser educada
antes de ponerte
entre esa nada y la pared.
Y ya no hay casa ni sonrisas ni la lluvia.
La nada está vacía y ahora toca volver a llenarse.