miércoles, 16 de noviembre de 2016

Deslealtad reflexiva

Cuando un nombre en la boca sabe a sal,
para aquellos que adoran el mar,
es como un amanecer.
Para los que se ahogan,
es un eclipse de contrariedad.
Cuando la pluma vuelve a escribir.
Con tinta seca.
Con sangre fresca.
La cicatriz se disfraza de arte,
el dolor insiste en tocarte
pero al girarte
se desvanece.
La inconsciencia se ha vuelto un arma de doble filo
y el alma
se desentiende.
La experiencia se empacha de alzheimer
y si le preguntas
nunca se acuerda.
La razón enmudece y el miedo no sabe dónde meterse,
de se busca por crimen a se busca por ganas.
Atrapad a quien le busca,
por complot y por descaro.
Pero cuando nadie ha tocado el veneno y todas las manos se muestran,
a quién disparas primero
sabiendo que eres tú
la que va a acabar presa.
Cuando una palabra dura mil horas
y algún monosílabo termina en trabalenguas.
Cuando un silencio ha sido poesía
y una alegoría ha sido reprimida
es que la traición ha sido colectiva.

lunes, 15 de febrero de 2016

Anáforas puntuales y alegorías permanentes.

A veces tengo miedo. Y a veces miento, diciendo que solo a veces tengo miedo.
A veces chillo. Y a veces me vuelvo loca creyéndome sorda porque digo que chillo. Porque a veces miento. Y no chillo. Fuera.
A veces soy lo suficientemente cobarde como para hacer demasiado ruido. Y entonces me bebo a los lobos. Y luego miento y no digo que es de la envidia.
A veces me creo que no miento. Que es verdad, que nací en la ciudad, que no le puedo aullar a la luna. A veces hasta me creo que puedo encontrar mi propia luna, en esta ciudad. En esta ciudad. Increíble verdad, a quién se le ocurriría.
A veces siento el ulular de algún semáforo, o el maullido de ese coche. Vaya, era un coche.
A veces además de sorda me quiero ciega, pero al revés.
Y luego me dicen que hay gente en el mundo que vive sin ser sorda. Ni ciega. Y que vive. Y a veces me lo creo. Y luego lo compruebo.
Y entonces miento. Y digo que no estoy sorda ni ciega. Pero que no tengo miedo.