viernes, 20 de diciembre de 2013

Aprender a crecer.

"Pues yo no quiero crecer" pensó ella. "Dicen que los mayores se olvidan de las ilusiones y que cuando creces te convencen de que soñar solo es posible cuando estás dormida. Que los cuentos ya no acaban con finales felices y se parecen más al mundo. Dicen que no creen en actuar sin estudiar cada paso que darán, que no apoyan los impulsos, que prescinden de instintos. Que las pasiones se confunden con amores desgastados, con corazones cansados y besos delicados. Demasiado delicados."
Parpadea y frunce el ceño.
"Y también dicen, y parece que es verdad, por mucho que me moleste, que nos quitan poco a poco, a la vez que caen los dientes, la manera de pensar, de saltar por cualquier cosa y de reír porque divierte."
Sonríe. Y se divierte.
"Pero voy a ser distinta, voy a buscar cualquier cajón y voy a esconder mis sueños. Los voy a dejar tapados con los besos que aún no he dado y la cerradura será invisible para aquellos que no miren. Y no mirarán. Y los podré ir recogiendo, los podré ir recuperando a la vez que voy creciendo y no me los podrán quitar, porque sé que aunque no quiera, e incluso aunque lo intente, creceré."
Y así como dijo, hizo. Porque creció, claro que creció, pero nunca se olvidó de ir regando el cajón, de ir cambiando sueños viejos por los nuevos y dejarlo siempre rebosando.

sábado, 14 de diciembre de 2013

¿Qué será?

Piensa en nosotros. Piensa en ti. ¿Qué has ganado? ¿Hasta dónde has llegado, si ni siquiera a la primera capa de mi piel? Si ni siquiera a la segunda mirada de mis ojos, ni al segundo suspiro de mis labios.
¿Qué has hecho? ¿En qué te ha convertido el miedo cuando aún no estabas? ¿En qué los fantasmas de los que tanto desconfiabas?
¿Acaso te imaginaste un beso asesino de cordura? ¿Acaso no todos lo son?
Y, ¿qué será de ti cuando tus ojos no se abran a tiempo? ¿Que harás cuando ya estés demasiado dentro, demasiado lejos, demasiado cerca? Cuando no haya vuelta atrás, mas que la dolorosa mutilación de alma, ¿qué será de ti?
Y qué será de mí si me vuelvo a caer en ti.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Salir de mí misma.

Días de ganas de nada, ganas de todo, de tocar por fin el fondo y subir hasta el cielo. De correr por las nubes y caer en ciudades de las que quién sabe el nombre. De perderse por calles y encontrarse en sus gentes.
Ganas de huir sin coger ningún mapa, dejar que el camino decida si vuelves. O si llegas. Coger tantos trenes como sea posible y si es que hace falta, bajarse en marcha. De aprender cada idioma con el que te cruces y ser por un día de donde te encuentres.
De ganas de ser en lo que no eres, de cambiar un momento el mundo en que vives. De decir cosas que nunca dirías y escribir historias que nunca contarías. Ganas de ver lo que nunca verías y cerrar los ojos ante tantas tonterías. Atrapar mil momentos que nunca viviste y guardarlos bajo llave en la memoria que elegiste. De creer que algún día, sí será posible.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Amanece de nuevo.

Es momento de comienzos, de empezar a despertar sin temores ni rencores. De abrir los ojos por la mañana y no encontrarse penas en la almohada ni niebla en la ventana. De creer en el azar y no mirar qué pie pones primero en el suelo al levantarte, de confiar al caminar. Es hora de crecer, de ganarle en brillo al sol, de no volver a llover, o hacerlo solo si ves que el mundo se marchita. De no dejar que se marchite y regarlo cuando ríes, cuando lloras de alegría.
Llegan días de sonrisas, de no vivir con prisas, porque has llegado antes que el despertador y puedes disfrutar más tiempo del café y de su calor. Puedes no quemarte, llegar a despertarte, parar un poco a arreglarte.
Ahora es tiempo de atreverse, de perderle el miedo a los tacones y aún así calzar cordones porque eres aún más grande y si te caes, te caes igual, pero quedan menos moratones. De usar rímel transparente que alargue las ilusiones y un pintalabios de color tan fuerte que avive corazones.
Es este instante que tienes aquí delante, que siempre ha estado preparado, que ha vivido esperando que te olvides de los sueños no soñados y te pongas a pensar en los que aún no han aflorado, porque ahora es el momento, ahora es cuando rompe el día y viene a buscarte el sol.

martes, 12 de noviembre de 2013

Tarde y aún pronto. Y demasiado tiempo que se me hace poco.

A veces un imagen. Un sonido. A veces solo una palabra, el más ínfimo reflejo del recuerdo. Un bosquejo del progreso, de un avance que no nace y que disfraza de comienzos los intentos.
Un olor que arrastra tu rincón más escondido en el reverso para ponerlo de manifiesto en el borde de la piel.
Una risa redundante que acostumbra, que despista, que aparta los recelos, que los vuelve ajenos.
La voz suave del mar, que siempre me quedará, que no la podré aislar. Que cuando siento las olas, siento cada una, siento la primera y la que creí la última.
Y la lluvia, que cuando cae y moja invoca, y descoloca, y cuando se respira expira la fuerza de recordar.
Y ya no volver a pensar en ti. Cada día, ni un instante.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Palabras rebeldes.

Se suponía que pretendía escribir.
Quién sabe de qué; ni yo lo sabía, de hecho. Por su puesto, de tu pecho no. Ni de tu pelo. Ni de tus pecas. Tampoco de tus estrellas, atrapadas bajo pupilas, bajo sonrisas. No encuentro palabras en tus manías, ni en las mías. Quizás te las llevaste, quizás por eso te quería. No quedan letras en tus noches, ni excusas en el asiento de atrás del coche. No hay cordura en tus recuerdos, esparcidos por el suelo, ni razón en mis silencios, reunidos en diarios. No hay consuelo, en conclusión, en intentar plasmar tus besos, de cristal, de aire, de todo, menos de autenticidad, en papeles magullados de querer buscar sentido a los restos de este, una vez querido, corazón herido.
Y al final sí escribí, sin saber cómo, de ti.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

¿Y si no te preguntaran por qué?

Se despertó una mañana sobresaltada y con el corazón a mil por la carrera que le había tenido que echar al sueño para escapar de la pesadilla.
Se regaló unos segundos para tranquilizarse y enseguida se dispuso a ponerse en marcha con la rutina.
Los tres primeros minutos no supo qué hacer porque todavía eran las 6:57 y ella no tenía que levantarse hasta las siete en punto; así que los pasó revisando con la vista sus estanterías y paredes sin pensar en nada en concreto.
A las 7:00 se levantó de la cama y abrió el armario para sacar de él el uniforme de pantalón verde y camiseta blanca establecido para los jueves. Los jueves tenía clase en el gran almacén de armas y no necesitaba llevar la ropa de combate.
Desayunó y se terminó de preparar hasta las 7:40, que salió de casa hacia la parada de metro. Se encaminó rápidamente hacia la línea del Ejército y entró en el vagón a las 7:47, a la vez que se cerraban las puertas y comenzaba el viaje.
Había más de trescientas líneas que salían de cada parada, una para cada oficio por supuesto, pero nadie se había perdido o llegado tarde nunca. Cada uno sabía exactamente donde debía dirigirse. Al fin y al cabo, esa era casi la única linea que llevaban usando toda su vida para desplazarse a dónde necesitaran. Ningún Pintor necesitaría ir jamás a ningún lugar al que la línea de Profesores pudiera llevarle. Solo había opción de coincidir con alguien que no fuera de tu mismo gremio en las líneas nacionales e internacionales.
Cuando se bajó del metro a las 7:55 se encontró a uno de sus compañeros de clase, pero no bajaba del mismo tren, venía de otro andén. En ese momento le rodeaban tres seguratas y empezaban a hacerle preguntas
Aquello le hizo acordarse de la pesadilla que había tenido.
Se asustó y salió corriendo, deseando no volver a soñar con ese mundo que había creado su mente lleno de elecciones y libertad.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Qué fue.

Últimamente intento no enamorarme de imposibles o invisibles.
Creo que no se me llega a dar mal si evitamos pensar en el período referido.
Y es que hay 'últimamentes' más largos y otros más pequeños, y los míos se disfrazan de amores inefables.
Inevitables que llegan y se presentan sin un nombre cuando yo ya me iba a ir.
Impredecibles que llaman a la puerta al no entrar y que no se despiden al quedarse.
Amores que quién sabe lo que son.

Finales que emborronan.

No quiero recordar el silencio frío después de un no, ni el eterno olvido detrás de un 'hablamos'.
No me gustan los intentos de intentar limpiar el corazón teñido de 'ojalás', inundado de lágrimas negras, reducido a la mínima expresión.
Prefiero no mirar las falsas sonrisas de consuelo que solo vuelven a casa para los reencuentros.
Quiero que, al cerrar los ojos, aparezca el primer atrevimiento, la primera ilusión, el primer intento.
Desearía sentir la emoción de pensar que 'quién sabe', la esperanza de poder llegar a ser valiente, la seguridad de alguien que quiere querer de nuevo.
Pensar solo en las alas de mis mariposas cuando no crecieron demasiado, tanto que dolieron; en tu imagen en mi cabeza solo de paso y no cuando se instaló, en un precipicio sin peligro a caer, sin carteles de advertencia, sin muros de prohibido pasar, porque no harían falta.
Al menos aún.

domingo, 30 de junio de 2013

Cuenta la leyenda que una vez cumplieron una promesa. Incluso dos.

No era una tarde distinta de las demás. La taza de café era la misma, comprada hacía un par de años en Italia, el contenido también igual, quizás un poco menos amargo aquella tarde, aunque no lo había notado; y el cuadro al que miraba fijamente tampoco se había movido de esa pared desde hacía años.
Le recordaba a una vieja promesa hecha mientras lo colgaban tiempo atrás. "Lo quitaré cuando deje de quererte" comentó sonriendo mientras se besaban. "No te dejaré quitarlo, entonces" contestó. "Pero te vas". "Volveré". "No te creo". "Lo prometo".
No se habían vuelto a ver.
Había estado al borde de quitar ese cuadro millones de veces, pero siempre se había terminado decantando por creer en las promesas, al menos en una en toda su vida. Además, no le gustaba mentir.
Aquella tarde se lo volvía a plantear. Torció la cabeza para mirarlo de otra manera. Si lo quitaba, estaría engañando a su propia promesa, la estaría rompiendo. Pero eso significaría que tampoco había sido cumplida la otra.
Un timbrazo terminó con sus especulaciones. En un primer momento ni pretendió moverse, así que dio otro sorbo al café.
Un segundo toque hizo que por fin se levantara con intención de ir hasta la puerta, pero un tercera llamada hizo que su cuerpo quedara inmovilizado recopilando la información.
Segundos después miró el cuadro, miró la taza y la dejó sobre el alféizar de la ventana, y nunca nadie volvió a saber de ella, quizás se caducó el café; y salió corriendo hacia la puerta.
Una vez la cerró desde fuera no volvió a ser abierta y no se volvió a pisar aquel lugar. El cuadro tampoco fue descolgado jamás.

sábado, 29 de junio de 2013

Versos vacíos de anhelos.

De vacíos existentes se disfraza nuestra historia.
Perdón, mi historia.
De un nosotros que no fue se compone mi memoria,
y mis ganas, y tu olvido.
De quererte y no poderte, mi futuro
y de nunca perdonarte, mis instantes.
De no perdonarme. De no tener que perdonarte.
De ser lo que no quisiste y no ser lo que pensé,
lo que sentí.
De sentir que ya no tengo ni disculpas ni pretextos,
que a quién le pongo ahora el nombre de mis versos.
A quién, si ya no quiero ni quererte ni no hacerlo,
a quién si ya no puedo retenerte entre mis dedos,
atraparte en mis deseos ni extraviarte entre mis besos.
Si nunca he podido, si solo he pedido.
Si no te he perdido; nunca te he tenido.

lunes, 24 de junio de 2013

Por las fechas de caducidad inexistentes.

Duele como el corazón nuevo de porcelana recién comprado que (suicida, en realidad) cae desde el estante rompiéndose en mil recuerdos. Como las sábanas recién cambiadas que no pierden tu olor porque se ha quedado olvidado en la cama. Como el sol que sigue saliendo a pesar de no ser tuyo y estar más lloviendo que nunca. Como el chocolate caducado que no llegó a tu boca y hoy amarga en la mía porque no decide a irse.
Duele como cada canción que ya nadie canta si no tiene a quién.
Duele porque ha sido, porque es y no será.

"Idiota, tan idiota que aún ahora no lo entiendo."

Quiso bailar. Y bailó.
Bailó primeros reversos, bailó nuevos comienzos. Bailó extrañas sonrisas, las hizo conocidas, las hizo todas suyas. Bailó sin darse cuenta, saltando hasta su vera. También sin enterarse, bailó con sus caderas, se hizo adicta a ellas.
Bailó sus emociones, mezclándolas con ron. Se le subió tanto el alcohol que se quiso emborrachar. Bailó entonces sin norte, sin foco y sin sofoco. Bailó hasta con sus dedos recorriendo sus "no quiero". Escupió de una patada los reparos que quedaron y bailó sin ser consciente hasta el más profundo opuesto. Bailó y quiso atreverse a querer al enterarse de que ya era tan tarde para desenamorarse. Bailó al final a saltos, a jetés y entre allegros. Bailó hasta su consumación y gritó.
Gritó suspiros, olvidos y descuidos. Gritó silencios, compases y cambrés. Gritó porqués sin entenderlos. Gritó sin dejar de llorar que ella nunca pretendió amar, que ella solo quería bailar.

domingo, 23 de junio de 2013

"Que bailar es soñar con los pies."

Morir sin morir
al ver tu reir.
Querer recordar
amar sin parar.
Sentir que al final
sí soy de cristal.

Figuras eternas
bailando a tu son,
tras un corazón
que no espera más.

Eternos pliés
se inclinan por ti.
Esbozo un fondu,
acabo a tu pies.

Y eterno éffacé
el que intentaré
tan dentro de mi
y tan lejos de ti.

"Que bailar es amar con los pies."

miércoles, 19 de junio de 2013

Bemoles escondidos, silencios excedidos.

Recuerdo el ligero susurro,
el alegre murmullo
el sonido de tu voz.

Disparaste contra muros,
la lanzaste contra escudos
traspasaste mis seguros.

Los retuviste capturados,
[mientras]
uno a uno tropezaban, sin saber
que tu eco les iba a perder.

Fui la primera en caer
la primera en idear
una realidad compuesta por abstractos.

Abstractos que viajaron
contigo, lejos de mis cuentos,
de mis besos y te quieros.

Abstractos que perdieron
mi ilusión y tantos peros;
que ganaron mis recuerdos.

miércoles, 12 de junio de 2013

Vanos intentos de matar al eterno enemigo.

Casi no apartaba la vista de ella mientras copiaba sus curvas. A pesar de ello, no había necesitado rectificar su dibujo ni una sola vez. En realidad solo la miraba porque siempre la había considerado su paisaje favorito y ya que tenía una excusa para no despegar sus ojos de ella no iba a desaprovecharla, pero sabría colocar perfectamente todos los lunares sobre su piel si le dieran un mapa mudo de su cuerpo; sabría decir cuántos centímetros sobrepasaba su pelo la altura de sus hombros y el número de ondas que hacía cada uno de sus mechones.
Se sabía la tonalidad que adquiría cada recoveco de su tez al darle la luz del sol, de los focos o de la alegría de su amor.
Conocía el grosor de sus labios cuando la besaba, cuando ella la besaba a él y cuando no quería besar. También cuando bebía chocolate caliente y se volvían de color negro durante unos instantes. Solo unos instantes porque a él también le gustaba el chocolate. Y sus labios.
Podía decir cuántas objeciones soportaría ese día por el color con el que hubiera decorado sus uñas, pero cuando no se las pintaba, era imposible. Aunque él también lo sabía.
Era capaz incluso de atrapar fugaces pensamientos según volaban por su mente por la expresión que adquirían sus ojos, las arrugas que aparecían en su ángulo exterior o la forma que tomaban sus cejas.
Aunque eso siempre había sido lo más complicado, nunca dejaba de aprender, nunca dejaba de descubrir cosas nuevas. Y aún siempre se le escapaba esa mirada de difícil interpretación que de vez en cuando sorprendía cruzando veloz sus ojos.
Ahora la tenía alojada en ellos mientras seguía mirando de perfil a cualquier infinito desconocido para él. Cuando miraba así él se perdía, perdía y se rendía. Quizás algún día la descubriría.
-Terminado - anunció, dejando caer el carboncillo sobre la caja de pinturas.
Ella relajó la mirada, la fijó en él y sonrió. Pero no se movió. Sabía que no le hacía falta. Él iría a su encuentro en unos segundos. Es más, ya estaba allí.
-¿Puedo verlo? - Canturreó levantándose del taburete y avanzando hacia el lienzo sin esperar su consentimiento.
Cuando llegó hasta él se encontró con un dibujo que databa de diez años atrás, con trazos medio borrados que él se encargaba de repasar cada día. Le propinó una bofetada.
-¿Cuántas veces te he dicho que quiero que hagas uno nuevo?
Él no contestó, como cada día, y, tras agarrarla de la cintura, besó su recuerdo, también como cada día desde la última vez que besó su boca de carne y hueso.

martes, 11 de junio de 2013

Se busca.

Sustitución: Mecanismo de compensación que intenta mantener el equilibro psíquico cuando se produce una frustración mediante la búsqueda de nuevas metas aptas a ti una vez no conseguidas aquellas que te venían demasiado grandes.

No me vale. No me venía grande.

No busco racionalizar, ¿para qué? Ni proyectar ni reprimir, ¿el qué? Tampoco necesito sublimar nada, ¿con qué fin? Y la fantasía es para aquellos que no consideran suficientemente buena su realidad, una manera más de soñar vanamente sin necesidad de estar durmiendo, igualmente inútil.

Se buscan nuevos mecanismos de compensación que no conozca.

domingo, 9 de junio de 2013

De guerreros fracasados y victorias amargas.

Agarraba el bolígrafo con una fuerza sobrehumana, no le quedaban más armas y la batalla estaba a punto de terminar. Sentía todas las flechas apuntándole a él, a pesar de que solo eran retinas desbordantes de impaciencia, y los cascos de un corcel aproximándose, a pesar de solo ser unos tacones portando un jinete inquieto.
La batalla ya estaba perdida desde mucho antes de haber puesto un pie en aquella sala.
Había perdido con los primeros gritos al caer el sol, las primeras madrugadas en vela y, tras estas, los despertares abandonado. Había perdido preparando una sola taza de café porque ella ya se la tomaba en el trabajo, había perdido con las comidas en el despacho y las cenas afónicas.
Había perdido con los te quiero pero no quiero, te echo de menos pero no te extraño, te recuerdo pero no te pienso.
La única alternativa para ganar la guerra sin dejar heridos, al menos no de muerte, la tenía entre sus dedos, pero también entre sus miedos. Le hería la vista como quien mira demasiado tiempo seguido al sol, solo que esta vez era un eclipse.
-¿Va usted a firmar o no? - le sobresaltó un cañón disparándose.
Tenía que zanjar aquello. Dejó por fin que la tinta se deslizara sobre el papel formando su garabato más entrenado. Y aquella sería toda la sangre que se derramaría en el día. Liberó el arma, que descansó por fin sin balas sobre la mesa, y salió victorioso por una puerta que no volvería a cruzar.

martes, 4 de junio de 2013

Discordancia en género, número y tiempo verbal.

Parecía que era el momento oportuno. El mundo la reclamaba después de una larga noche de sepultar recuerdos y escarbar entre sus sueños. Quizás el reloj había dado ya las doce, o solo eran las ocho. Puede que solo hubieran pasado un par de minutos desde que había enterrado su rostro en la almohada mojada por la lluvia de sus ojos.
Cuando los abrió encontró que la riada se había secado y se había llevado consigo toda la basura que había llegado hasta ella. La almohada la había perdonado y las sábanas, a las que había dejado acurrucadas en un rincón de la cama a causa de sus patadas, también.
No se confundía, era su oportunidad. Su elección de nueva vida de la noche anterior había sido acertada y, aunque no había sido consciente de ella hasta la propia mañana, ahora lo sabía con certeza. Se había despertado capaz de no volver a ponerse trabas a sí misma y con la fuerza de un alma limpia de pasado.
Miró por la ventana, aún tumbada boca abajo en la cama, y visualizó su día. Un sol radiante iluminaba la piscina que tenía nada más salir por la puerta, así como la playa a su derecha y la maravillosa ciudad un poco más allá. No era consciente aún de lo que haría durante las horas que aguardaban, es más, pensaba simplemente caminar en la dirección que sus pies le marcaran; sabía que no le llevarían al lugar equivocado, ya no. Y, si lo hacían, les regañaría y cambio de rumbo.
Se fijó también en su ordenador, listo para ser llenado de nuevas palabras y frescas ideas, después del derroche de tinta sucia, aunque necesaria, de la noche anterior. Pero pensó que primero viviría un rato y después ya se dedicaría a escribir, la inspiración estaría allí cuando volviera.
Y, tras tomar esta decisión, salió de la habitación dejando que se ventilaran los pedazos de memoria indeseados que pudieran haberse quedado pegados a la cama.

Bajé entonces la tapa del portátil y me dispuse a actuar como la chica de la historia. Era cierto que la necesidad de escribir había podido conmigo, pero ahora estaba dispuesta del todo a vivir. En realidad aún no había dejado brotar ninguna de esas grandes ideas, no había empezado a crear nada nuevo, lo que pasa es que nunca me han entusiasmado los diarios en primera persona.

lunes, 3 de junio de 2013

Deje su mensaje después de la señal.

Para alguien que se pinta las uñas buscando ocultar que se las muerde no es difícil dibujarse una parábola en los labios buscando que los besos no se escapen.
Para alguien que se ha quemado en el frío del invierno y congelado al terminar la primavera no es difícil haber esquivado el verano sin haber sido atrapado por el más radiante sol.
Para alguien que se pierde y pretende que se encuentra, sin ayuda; no es difícil vivir perdida el resto de su vida y pasar desapercibida.
Pero nadie ha conseguido alguna vez esconderse para siempre de palabras que tal vez se perdieron en el último café, o de sueños que en recuerdos han mudado con el tiempo, o una promesa que traviesa se compró una conciencia, se vistió de Cenicienta y encontró a su propio príncipe. Y se fue, ignoró las campanadas, no volvió a tiempo. Y ahora siempre será tarde, pero pasará de vez en cuando a saludar, recuerdos mandará, llamará.
Y hoy todavía es difícil colgar el auricular.

domingo, 2 de junio de 2013

Miedos.

El miedo nunca fue a amar, siempre ha sido a desamar.
Amar es euforia, son sonrisas en la cama, caricias en la espalda y besos... besos por todas partes.
Amar es creer que existe, que existe aquí y ahora. Que siempre se quedará.
Desamar son sonrisas en la piel, arañazos en el alma, disparos en el aire.
Es respirar sin detenerse a pensar, pasear la vista sin parar los ojos, pretender soñar sin ser capaz de descansar.
Desamar es el eterno fantasma que siempre perseguirá a cualquier valiente que le desafiara alguna vez.

sábado, 25 de mayo de 2013

Rendirse o no rendirse. Ser o dejar de ser.

Nunca se cansaba de conocerla. Nunca se cansaba de ver una sonrisa nueva pegada a la anterior, o un nuevo vestido con remiendos de pasado. No se cansaba de alegrías nuevas, que arrastraban menos derrotas. Ni de nuevas canciones, que entonaba con su primera melodía favorita. Le encantaban los suspiros recordando los de ayer. Adoraba los silencios, y más aún los que no eran.

Pero un día el silencio se hizo más pesado (y de verdad) y los suspiros más profundos; y se cansó de conocerla.

Solo en un instante, y durante un solo momento, dejó de ver como vivía y, aunque deprisa se arrepentiría, cuando volvió a posar la vista contempló como la perdía. Ya la había perdido.

No sabe si creció, si se enamoró o si se extravió, solo sabe que cambió. Y que ya no la encontró.

lunes, 20 de mayo de 2013

Dime quién.

Quién te dice que no sigues aquí,
quién, que en algún momento he olvidado recordarte
escuchando cualquier acorde que me lleve a ti.

Quién te dice que el pasado no es presente
y que el presente ya no lucha.
Pero quién ha dicho que ni siquiera lo intente.

Quién te dice que no hay memoria en la mañana
que yo no opongo resistencia,
que no la tiro por la ventana.

Quién se atreve a decirte
quién, tan solo a comentarte
que no es arte lo que hiciste.


sábado, 18 de mayo de 2013

Se me suele dar bien.

Se me suele dar bien dibujar sonrisas en mi boca.
Se me suele dar bien pintar victorias en mis ojos.
Se me suele dar bien imaginar caricias en la alcoba.
Se me suele dar bien rebosar venturas por mis polos.
Se me suele dar bien relatar mis falsos anhelos.
Se me suele dar bien engañar a mis propios talentos.

miércoles, 15 de mayo de 2013

"Qué corto fue el amor y qué largo el olvido."

El corazón desgarrado y el valor perdido.
La sonrisa llena de lágrimas y los ojos vacíos de ti.
La memoria anclada a lo que fuiste y las palabras escondidas.
Ya nunca te irás, pero jamás estarás de nuevo.

miércoles, 8 de mayo de 2013

P.

Estaba aburrida en lo alto de un árbol. Veía a la gente caminar allá abajo, por la Chepa. Los niños corrían, por supuesto (no sé si lo sabéis pero, aunque no pretendas correr, por la Chepa siempre acabas haciéndolo, es inevitable), y algún que otro perro les perseguía. Pero ya no le parecía entretenido. Se pasaba allí los días y las noches y observar a los demás no era, ni de lejos, tan divertido como ser la propia protagonista.

Todo lo que ella necesitaba era viento. Solo unas pequeñas ráfagas. Las suficientes como para ahuyentar a los paseantes (y corredores).

Afortunadamente, sin tener que pedirlo dos veces, la atmósfera la escuchó y empezó a mover su preciado aire. Primero un poco de movimiento por aquí, y luego un par de remolinos hacia allá. ¡Ya notaba como empezaba a desprenderse! El viento sopló un poco más fuerte y por fin liberó a la impaciente hoja de su rama. "¡Qué emocionante!" pensó. Había visto tantas veces a sus compañeras de rama desaparecer volando y nunca regresar de su viaje que no paraba de preguntarse qué habría fuera de aquel árbol para que ninguna volviese.

Primero acompañó al viento por las cabezas de los pocos individuos que quedaban por el lugar. ¡Si pudiera despojarlos de su sombrero seguro que se les quitaban las ganas de seguir por allí y le dejaban la cuesta para ella sola! Quizás si hiciera un pacto con alguna ráfaga lo conseguiría, pero no quería perder más tiempo revoloteando entre las orejas y los cabellos de la gente. Aunque, cerca de allí se paseaban los rizos rojos más bonitos que hubiera visto nunca, pero tampoco se paró a admirarlos. ¡Lo que ella estaba deseando era correr cuesta abajo como lo hacían los demás niños!

Por fin aterrizó en el suelo, o casi en el suelo, porque nunca llegaba a tocarlo con toda su superficie. Lo que hacía era rodar, cada vez más rápido, más rápido incluso que los niños que más rápido corrían. Se tropezaba continuamente, pero eso no aminoraba su velocidad. Se tropezó con los zapatos de una señora que trataba de sacar a su hijo de allí a duras penas, pues este se negaba a para de correr por la Chepa. Se tropezó con dos piedras que discutían sobre cuál había golpeado a cuál, sin ser conscientes de que había sido la zarpa de ese perro, que ya trotaba lejos, la que les había propinado el coscorrón. También se tropezó con restos de pan que alguna paloma desagradecida se había dejado debajo de un banco. Cerca del mismo banco se tropezó con un par de lágrimas abandonadas allí por culpa de un beso que nunca se llegó a dar. Se encontró después, un poco más allá, con la herida de un niño que quiso correr más rápido que la hoja y se pasó de listo. O de rápido, en este caso. Y se topó con muchas cosas más mientras seguía bajando y bajando; con otras hojas que habían parado a descansar, con la Casa de los Extraviados, con un globo pinchado de los de la señora de los globos de la entrada por la que siempre entran los niños... E, incluso, con Peter Pan, pero enseguida le perdió de vista.

Y hasta ahí puedo leer aunque, ni mucho menos, terminó en ese punto su carrera. Así que, ¿quién sabe con qué más cosas se encontraría la hoja caída en su viaje por los Jardines de Kensington?


"No hay nada en el mundo que tenga tantas ganas de divertirse como una hoja caída."

lunes, 6 de mayo de 2013

Perder las palabras.

Perder las palabras.
Buscarlas entre recuerdos, momentos; pasado perdido, presente esquivo.
Buscarlas entre otras palabras que, escondidas, temen ser descubiertas.
Buscarlas entre ese libro que intenta colarse por la mente y el corazón para no ser olvidado.
Buscarlas entre la última canción, la que hace recordar que mejor no interpretar.
Buscarlas entre extrañas ilusiones que se niegan a ser tuyas, que tú ya no las entiendes.
Buscarlas entre sueños tan traviesos que optan por la madrugada para hacer reír al amor. (O llorar.)
Buscarlas entre el más recóndito recodo de la imaginación que, extraviada, no soporta regresar al que un día llamó hogar.

martes, 30 de abril de 2013

Driving her way home.

Cogió las llaves del coche y nada más. Se montó en éste y cerró la puerta tras de sí. No llevaba consigo ni el móvil. En realidad, el móvil era lo primero que había dejado perdido a saber dónde.
Metió la llave y arrancó el motor. Se iba a otro lugar. Pisó el acelerador y comenzó a conducir fuera de allí. Encendió la radio en cualquier emisora y sonaba una canción que le encantó. No sabía cuál era, pero poco le importaba. Sabía que sonarían todas las canciones que le gustaran. Era su momento.
Pensó en gente, en lugares, en sonrisas y hasta en lágrimas, pero nada le pertenecía. No le pertenecía ese cuatro que sacó en su asignatura favorita en segundo año de carrera, ni el nueve que le pusieron en el trabajo que más odió hacer. No era suyo aquel libro que tardó siglos en leer y se convirtió en su favorito. Tampoco le pertenecía ese nombre que se inventó de pequeña y que usaría como mote a partir de entonces. Ya no sentía nada de aquello como suyo. En ese instante sus únicas pertenencias eran el coche y todo el mundo para perderse por delante.
No sabía a dónde se dirigía. Quizás Oklahoma o Texas. O podía que Tennessee o Kentuky. O quizá se fuera más lejos, hasta Florida o Massachusetts. A lo mejor se quedaba cerca y acababa por California o Arizona. Realmente daba igual mientras pudiera seguir conduciendo hacia algún lugar para siempre.

Página 5.

Es como despertarse de un sueño. Cuando todo termina, es como si abrieras los ojos un nuevo día y todo hubiera vuelto a ser como antes.
A tu alrededor todo es igual, los coches avanzan, pitan, las personas caminan y los árboles se mueven por el viento. Pero todo ha perdido un resplandor que habría jurado imposible de ignorar poco tiempo antes.
Al mirarte a ti mismo, incluso, piensas en que hay algo diferente. No entiendes por qué ni te das cuenta de cómo ha pasado, pero ahí está. Y como todo vuelve a ser como antes, comienzas a volverte a peinar el pelo de tu manera favorita, vuelves a ignorar lo que todos piensen, vuelves a engullir toda la comida sin pararte a pensar por un momento que no te apetece. Incluso vuelves a hacer todas esas cosas que te hacían sentir tan bien y que, no sabes en qué momento, dejaste de hacer. Quizás te sentiste tan bien que no las necesitaste.
Vuelves a soñar, a pensar en todas esas cosas que quieres conseguir, pero que perdieron su valor cuando sentiste que ya lo tenías todo. Ahora las necesitas de nuevo. Forman parte de ti.
Lo único que no te atreves a mirar si ha cambiado es tu interior, porque estás completamente seguro de que lo ha hecho, y no quieres recordar cómo era antes. O cómo es ahora. Ya habrá tiempo para ello.
Ahora es momento de seguir viviendo, de seguir luchando, soñando, creciendo y caminando, a través de ese mundo que ha perdido su brillo en un momento, pero en el cual te sientes como en casa de nuevo.

martes, 23 de abril de 2013

Un libro y una rosa.

¡Por fin era veintitrés de abril! Era el día. Al fin habían pasado los trescientos sesenta y cinco días desde que salí del último libro. ¡Y en ese momento podría hacerlo de nuevo!

Así que, como cada día del libro, salté desde el calendario hacia la primera obra que encontré cerca. ¡Qué esponjosas estaban las páginas y qué bien olía el papel! Dejé que la tinta me recorriese todo el cuerpo antes de traspasar la primera hoja. La sentí escurrirse por mis brazos, por mis piernas, incluso dejarme el pelo perdido, hasta que, por fin, me envolvió entera y me escupió a cualquier lugar de la literatura. El primero sabía que sería ese lugar de la Mancha del que nunca recuerdo el nombre, y es grave porque siempre es el primer sitio al que me lleva la tinta. Allí aún seguían recordando a aquel loco caballero andante y, como no me preocupaba que fueran a olvidarle nunca, me dirigí a otro lugar, ya que aún me quedaba otra visita obligatoria antes de las sorpresas.

Me dejé arrastrar de nuevo por la tinta, hasta llegar a la superficie del libro y conseguir saltar al de al lado. El año anterior tocó Romeo y Julieta, supongo que este año será Hamlet. Y, en efecto, la tinta me llevó hasta el pequeño pueblo en que me atreví a dudar que sean fuego las estrellas, que el sol se mueva, que la verdad sea mentira pero, bajo ningún concepto, que ame.

Me pregunté en qué libro caería después. Di un par de vueltas sobre mí misma al salir a la superficie de Hamlet y salté en la dirección en la que me encontré al terminar de girar. Aquel libro estaba tranquilo, desconocido, mayor, pero no antiguo. Me inspiraba curiosidad. Traspasé un par de páginas con cuidado de no llevarme ninguna palabra por delante y elegí sumergirme en una que me llamaba insistentemente. Cuando llegué estaba todo lleno de oscuridad, ¡la distancia la había puesto entre tu cuerpo y el mío! Me encontré después palabras sangrando, besos implorando ser rescatados y manos sin tacto. Aquello era a la vez hermoso y terrible. Me alejé enseguida de allí, temiendo sufrir una explosión de sentimientos, pero alegre de haber conocido a Caballero Bonald y segura de que volvería por allí.

El último libro me esperaba con ansia. ¡Estaba aún sin abrir! Eso prometía, lo más probable es que me quedara allí un tiempo. De un gran salto que di con inmensas ganas aterricé sobre la V del apellido de casada de Emma. Querido Flaubert, será un placer pasar un tiempo con usted.

Y mientras tanto, ¡a esperar al próximo día del libro!

domingo, 21 de abril de 2013

Además de volver a Roma.

Está sentado en el alféizar del ventanal y mira hacia la calle. La gente se amontona a lo largo del borde de la fuente. Todos tienen un deseo que pedir, algo que quieren que se haga realidad. Las monedas vuelan hasta la superficie del agua. Él solo está ahí sentado con la canción de Asleep en modo repetición en su cabeza y sin nada por lo que luchar. Él no ha perdido nunca, pero porque nunca lo ha intentado. No ha sido por miedo, él no tiene miedo, es la persona más valiente, pero no ha sabido por qué luchar.

Pero en ese momento el volumen de Asleep en su mente disminuye y toda su atención se centra en alguien que está de espaldas a la fuente y cierra los ojos lentamente. Sus labios comienzan a moverse, formulando un deseo que él puede leer. El cabello de fuego de ella baila cuando su brazo por fin se alza para liberar la moneda, terminando a su vez de pedir el deseo.

Los ojos de él se abren y habría podido jurar que ella los ve desde la plaza, de lo grandes que se vuelven. Él se levanta de un salto y se aleja de la gran ventana, corriendo hacia la puerta y abandonando su casa a toda prisa. La canción de Asleep ha dejado de sonar y ahora se encuentra él solo, corriendo hacia la calle. Sale como una exhalación de su portal y mira por todos lados. ¿Dónde está? ¡Se ha ido! Pero, afortunadamente, consigue ver ese cabello rojo escabulléndose por una travesía.

Él corre hacia allí, sorteando con acierto todas las personas que encuentra en su camino, que no son pocas, y coge la calle que le llevará hasta ella. Justo en ese momento está entrando en una librería. Se apresura hasta allí y, cuando entra, ella ya está subiendo hasta la segunda planta. Una vez arriba se esconde detrás de una estantería, pero cuando él llega, ella ya se dirige hacia otro lugar. Vuelve la vista un par de veces, tiene la sensación de estar siendo buscada, pero nunca hay nadie. Y justo aparece él cuando ella ya cambia de pasillo. Y otro, y otro, y otro. Nunca está ahí. En una mirada que dirige él a la ventana, ¡ella ya está fuera!

Corre hacia la calle y consigue ver cómo tuerce la esquina. Consigue cruzar por los pelos el paso de cebra y a ella se le pone en rojo el siguiente semáforo. Ya está. El momento ha llegado. Because we can empieza a sonar, en su mente y por toda la ciudad. Se planta delante la pelirroja y, jadeando, consigue articular:

-¡Yo! Yo puedo hacer realidad tu deseo, y quiero.

lunes, 15 de abril de 2013

Amor eterno.

Él tiene los ojitos cerrados. Y no mueve un solo músculo. Está tan relajado que podría pasar un huracán por encima suya sin él enterarse. A menos que se la llevara a ella. Entonces sí sería en fin del mundo.
Ella le mira con esos ojos. Le quiere más que a nada en el mundo en ese momento. Y ella es una persona que quiere montones y a muchas personas. Pero esta vez es él. Es tan bonito. Y es suyo.
Él parpadea un par de veces. Ella dice que es porque está soñando. Eso solo lo sabe ella. Cualquier otra persona pensaría que está despertando. Pero ella lo sabe porque es la persona que más tiempo ha pasado mirándole.
También sabe que tiene hambre, porque abre ligeramente la boca y le pone esos morritos. Solo se los pone a ella. Quizá estaba soñando con la comida, pero ahora que la tiene a escasos centímetros de sus ojos, ya abiertos, no le hace falta soñar más.
Ella lo coge entre sus brazos y lo mece, provocando la más pequeña y bonita de las sonrisas. Y para él es la mejor mecedora del mundo. Cualquier otra es porquería. Ella lo sabe, y le encanta.
Vuelve otra vez a no parar de mirarle, porque es lo más precioso del mundo. Porque solo están ellos dos cuando se miran. Él sonríe, frunce los labios pidiendo un besito, y ella le concede el capricho juntando sus labios con los suyos y con sus mofletes y con su nariz y su frente.
Ella también sonríe e igualmente es la sonrisa más bonita.
No deja de mirarle, y ya nunca lo hará.

domingo, 14 de abril de 2013

Alzando murallas.

Radiantes como el sol. Grandes como el cielo. Libres como una ráfaga de viento. Valientes como las olas. Fuertes como el muro más alto. Locos como el amor. Intensos como un volcán en erupción. Transparentes como el agua. Como un agua limpia, no de desagüe. Sinceros como la felicidad. Astutos como la verdad y la mentira. Profundos como el mar. Sabios como el libro más largo jamás escrito. Como todos los libros más largos jamás escritos en realidad.

Así eran sus ojos.

Lo habían visto, vivido y sufrido todo. Todo lo habían olvidado y recordado sin dolor. Habían conocido mucho más allá de los límites comprendidos por la mente, sean cuales sean.

Pero un día se cansaron y se cerraron. Su alrededor se había degenerado tanto que ya no quedaba prácticamente nada que valiese la pena ver.

jueves, 11 de abril de 2013

Y al final, nada.

Salió como una exhalación por la puerta, casi tropezando con ella y cayendo de bruces al suelo. Pero no importaba, al menos ya no. Consiguió proseguir con su apresurada carrera soltando la puerta para que se cerrara libremente.
Corrió hasta el paso de cebra más cercano y, obviamente, ni se paró a mirar en que color estaba el semáforo. De cuatro grandes zancadas lo cruzó entre pitidos enfadados y algunos gritos de los más valientes, que exigían educación.
¿Educación? ¿Qué era eso? Nada importante en ese momento.
Siguió su carrera a través de la ciudad, entre ruidos de motos, gente apurada y algún que otro piar de cualquier pajarillo.
Pero no se fijó en todo eso. Ya no era importante.
Pasó a través de un parque, lleno de niños jugando, madres rogando a los niños que dejaran de meterse arena en la boca y, otras, tirando de ellos para volver a casa. Tampoco se fijó en nada de eso.
Al igual que nadie se fijó en ella. Volvían la cabeza y la miraban con desdén, pero al final se acababan cansando y dejaban que siguiera su carrera hacia quién sabe dónde. No la veían realmente. Porque no podían. Era un fantasma y ya nadie podría verla.
Corrió por la carretera que salía de la ciudad. Corrió por el camino que llevaba a la playa. Se cruzó con bicis, coches, que la miraban pero no la veían. Pasaba desapercibida. Como cualquier fantasma.
Se desvió después hacia el acantilado, sin dudarlo un solo instante, corriendo entre las personas que volvían de allí, para los que también era invisible.
Se estaba volviendo invisible incluso para ella misma a esas alturas. Se había hecho tan a la idea, aunque en demasiado poco tiempo, o quizás no, que no supuso gran diferencia para ella dejar de correr sobre suelo firme y comenzar a hacerlo sobre el vacío que se extendía tras dejar atrás el acantilado.
Quizás la mayor diferencia fue el sentimiento de libertad que hacía tanto tiempo que no experimentaba. Sí, aquello fue bastante fantástico. Una explosión de absolutamente todo.
Y después, nada.

Prometo que recuerdo.

Mira su foto. Y recuerda sus ojos.

Recuerda el otoño que vivía en ellos, dejando caer esperanza como los árboles dejan caer sus hojas.

Recuerda el ángulo exacto que formaba su labio superior con el inferior al sonreír. Todos ellos, en realidad, cada vez que sonreía.

Recuerda también las cosquillas que le hacía su risa y como deseaba que no terminara nunca.

Recuerda su forma de hablar, como pidiendo perdón al sonido más bello del mundo por destronarle.

La recuerda al caminar, presurosa, relajada, enfadada o indecisa.

La recuerda peleándose con un rebelde moño que pretendía silenciar su rostro.

Recuerda su mirada al ser feliz, sus manos al pintar o su pecho al respirar.

Todo eso recuerda mientras, sin querer, se le abren los ojos sin avisar, quizás molestos por la luz que entra saludando desde el otro lado de la habitación.

Y en ese momento recuerda, sobre todo, que no recuerda nada. Que su memoria es demasiado débil y que ha pasado demasiado tiempo. 

Pero aunque quizás ya no recuerde el número de arrugas que se formaban en la comisura de sus ojos al torcer sus labios en esa sonrisa traviesa, sí recuerda desde hace cuánto tiempo no las ve.

Recuerda perfectamente por qué no las ve.

Recuerda que la dejó ir y ni si quiera sabe a dónde.

Recuerda que no fue valiente, que no se atrevió. 

Recuerda que amó demasiado, pero no suficiente. Y que aún así no amará a nadie tanto, y mucho menos más, como a ella.

Recuerda que aún recuerda.

Y recuerda... no, siente. Siente que sigue sin ser valiente y que el tiempo le ha vuelto más cobarde, si cabe.

Siente que ni siquiera sería capaz de tratar de buscar esos ojos otra vez.

Porque la ama demasiado. Que aunque haga ya tiempo que no ve al amor, siempre lo sentirá.

Y soñar con ella ha sido tan emocionante que ojalá pueda sobrevivir merced a ello.

martes, 9 de abril de 2013

Ese primer beso.

Esto va de primeros besos. ¿Por qué la gente le da tanta importancia al primer beso? ¿Por qué ha de ser bajo la lluvia, en la playa viendo el atardecer o a la luz de la luna llena? ¿Por qué preocupa tanto el no saber si la/lo quieres suficiente como para que sea un buen primer beso? Porque, claro, ¡tu primer beso no puede ser con cualquiera! ¡Faltaba!

Porque están esas personas que llegan a la mañana siguiente a su casa llorando porque han derrochado su primer beso con ese o esa chico o chica que solo conocían de vista, que no les gustaba, pero es que no eran conscientes de lo que hacían y ahora siempre recordarán su primer beso como un fracaso, como algo que no vale la pena recordar.

¡No!

¿Por qué?

¿Por qué el primer beso tiene que ser siempre el primero?

Creo que deberíamos considerar "primer beso" a aquel que damos la primera vez que nos enamoramos. A aquel en el que sentimos todas esas cosas que no habíamos sentido nunca y no habíamos podido imaginar que sentiríamos. En el que no solo sean unos labios, sino que sean sus labios, su piel la que estás tocando, que no se va a volver repetir, pero que no te hace falta, no necesitas una segunda oportunidad porque sabes que ese es tu primer beso, sin importar los otros muchos o pocos besos que hayas dado antes, a personas sin unos labios que vayas a recordar.

Y ya está, cuando pasa, pasa. Y sí que es cierto que en una película queda mucho mejor las olas de cualquier mar detrás, pero en la realidad ¿qué más da? ¿Quién va a estar ahí para decir cómo es de bello vuestro beso? Vuestro beso es el más bello para vosotros. Porque solo vosotros estaréis ahí para sentir vuestro primer beso.

Yo, por mi parte, estoy ansiosa de encontrarlo. Así que seguiré buscando unos labios que lo merezcan.

martes, 2 de abril de 2013

Trivialidades de vital importancia.

Lucía cierra la puerta lentamente y se apoya sobre ella. Cierra los ojos, también despacio, y reflexiona.

"No ha salido jamás de mi habitación" piensa, sin querer admitir su inquietud. "Tampoco se lo he dejado a nadie".

Con los ojos aún cerrados y los puños inconscientemente apretados, casi clavándose las uñas, se imagina su habitación. Con todos sus rincones y recovecos.

"Vamos, ¡piensa! ¿Dónde puede estar?"

El mismísimo roce de su pelo con la madera de la puerta, de sus brazos contra su jersey, le hace perder la concentración y, cuando no puede más... ¡corre hacia el cajón más cercano y lo abre! Rebusca por su interior, pero no hay nada.

Corre entonces hacia su cama y se agacha para mirar debajo. ¡Solo suciedad!

Se desliza hasta la papelera y revuelve entre los arrugados papeles. ¡Más basura! Chicles, lápices rotos y entradas usadas de cine.

Se abalanza después sobre su bolso, no descubriendo más que brillo de labios, sus auriculares y una nota.

Se estaba desesperando. ¿Qué iba a hacer?

En ese preciso instante se abre la puerta de su habitación y alguien entra.

-Cariño, he encontrado la entrada del concierto de esta noche. Estaba en los vaqueros que echaste a lavar - dice con un papel en la mano.

-Mamá, no tienes ni la menor idea de cuánto te quiero - contesta Lucía depositando un beso sobre la mejilla de su madre mientras todos sus músculos se destensan y todos sus nervios recobran su actividad normal.

jueves, 28 de marzo de 2013

Felicidad tan personal como un pensamiento.

Tirarse en la arena sin mirar a ver dónde vas a caer. Recostarse hasta apoyar la cabeza en ese montículo que hace las veces de almohada. Sentir cómo los granitos se van adhiriendo a tu piel formando tu silueta en la arena. Ahora es como si solo fuerais uno. Se ha fundido tan bien que no se sabe dónde acaba tu cuerpo y dónde empieza el suelo. Sentir como el viento te sacude el pelo y descoloca los granos de arena de su estado inicial. Cerrar los ojos más fuerte para que no se te cuele ninguno. Olvidarse de esa molestia al escuchar cómo rompen las olas, porque es más bonito. Sentir cómo rompen en la orilla cómo si lo estuvieran haciendo en las puntas de los dedos de tus pies. Moverlos ligeramente. Sonreír.

Pensar en alguien. En quién sea, cualquier persona te vale. En que te gustaría que viera tu felicidad, porque es tan hermosa. No tiene ni idea, porque es solo tuya. Y, aunque suene egoísta, no la vas a compartir, porque tú la has sabido tejer poquito a poco, tú  te la has ganado. Tuya.

jueves, 14 de marzo de 2013

Tempus fugit.

Y ahora ya estoy aquí. 

¿Desde cuándo? ¿Cuándo ha pasado ayer? ¿Cuándo ha pasado hoy? 

Son ya las cinco de la tarde. ¡Las cinco y veintitrés! 

Hace un rato era lunes, hace un rato era la semana pasada. Hace un rato era dos mil doce, incluso. 

Pero ahora estoy aquí.

Con todo lo que he hecho y lo que no he hecho. Con lo que he he vivido y lo que no. Lo que he dicho, lo que he sentido y lo que he pensado. Y lo que no.

¿Y todo lo que no he hecho ni vivido ni dicho ni sentido ni pensado? Algún otro lo habrá hecho.

Pero lo que sí he hecho, vivido, dicho, sentido y pensado también me escapa por entre los recodos de mi cuerpo. ¡Ahora mismo se me está escapando por un rizo lo bonita que era la canción que acaba de terminar de sonar! Aún se me siguen escapando de las manos las Navidades pasadas, pero no consiguen irse del todo. Ya lo harán. Y hace tiempo que se me fue por el cuello de la camisa la mañana del veintiocho de diciembre de mil novecientos noventa y seis.

Y corren. Lejos. Deprisa. Es imposible alcanzarlos de nuevo. Y no sé a dónde irán que nunca vuelven. 

A veces intento seguirles, pero ¡se mueven tan rápido! Además, luego está lo que aún no he hecho, vivido, dicho, sentido y pensado, que corre hacia mí, ¡pero no lo puedo ver hasta que ha llegado y se ha ido! Es un tanto frustrante. Sobre todo si consideras que a veces no me da tiempo a seguir su ritmo. Viene, es y se va. Tan rápido que a veces ni me había preparado. 

¡Y de repente estoy aquí! 

Con el momento en el que he empezado a escribir esto escabulléndose rápidamente por mi espalda. Hace cosquillas. Y cuando escriba el último punto saltará de ella. Justo ahora.

martes, 5 de febrero de 2013

Pereza.

Luz. Un rayo se cuela por entre las rendijas de la persiana. Casi abro los ojos. Pero no me hace falta. Veo el nuevo día a través de los párpados. Está ahí fuera. Me llama, como siempre hace. Parece que hoy lo intenta con más intensidad, incluso. Pero aún no ha conseguido que le haga caso. Y esta mañana no va a ser diferente. Aunque tengo la sensación de que hoy me cuesta más resistirme. Las sábanas me pesan menos. Podría quitármelas con más facilidad, salir de entre sus pliegues. Solo el hecho de pensarlo me agota. ¿Para qué? No hay nada esperándome ahí fuera.

Se escuchan notas entonadas por los pájaros, pero no son para mí.

Se escucha, lejana, la risa suave de un niño, pero tampoco es para mí.

También se oye el gruñido de una moto poniéndose en marcha. Qué desagradable. Me alegro de que no sea para mí.

Creo que ya he visto suficiente mundo por hoy. Con esfuerzo, deslizo mi cuerpo hacia el interior de las sábanas, como quien se esconde de un perseguidor, y me quedo ahí, al igual que cualquier otra mañana.

domingo, 27 de enero de 2013

Tienes hasta media noche.

Estaban a punto de dar las doce en el reloj de pared del gran salón de baile. Pero ella no tenía prisa. Era una princesa sin hora. No iba a desaparecer su precioso vestido cuando tocara el reloj, porque no estaba hecho de magia. Era real, todo aquello era real. Y esa era la mejor magia.

-¿Quieres un poco de ponche? - le preguntó su príncipe, justo como en las películas.

-¡Claro! - Contestó ella con una sonrisa que nada en el mundo hubiera conseguido borrar - Te esperaré por aquí - comentó mientras le soltaba la mano, permitiéndole alejarse.

Ataviada con su feliz sonrisa dio una vuelta por la sala y admiró a las parejas que daban vueltas por la pista de baile. Todas eran hermosas en aquel momento. Todo era hermoso, en realidad. Ella, incluso. Es decir, ella, sobretodo. Comenzó a sonar la primera campanada y, con sorna, la princesa se burló del reloj, dándole a entender que sus estúpidas campanadas no marcaban, ni de lejos, el fin de su noche. Miró sus zapatos, que no eran de cristal, y pensó que ella no los perdería esa noche. Volvió a alzar la vista y echó un vistazo a su alrededor, por si veía a su príncipe volver. Y, en efecto, le vio. Pero no volvía. Se estaba yendo. Se iba muy lejos. Y, con la última campanada, los labios del príncipe bebieron de unos que no eran los de la princesa. Con la última campanada, también se terminaba un cuento y una princesa dejaba de serlo. El mundo había desafiado las leyes y había encontrado una excepción que borró la sonrisa.

¿Cómo podía ser? Una princesa destronada por una simple criada que gastaba zapatillas y pantalones.

El príncipe también abandonó su puesto, porque no le interesaba.

Y el cuento se quedó sin soberanos. Pero no se sabe más, porque nadie volvió a ver al príncipe ni a la princesa.

"Como todos los sueños, este no puede durar para siempre. Cuando den las doce, el hechizo se romperá y todo volverá a ser como antes."