Cogió las llaves del coche y nada más. Se montó en éste y cerró la puerta tras de sí. No llevaba consigo ni el móvil. En realidad, el móvil era lo primero que había dejado perdido a saber dónde.
Metió la llave y arrancó el motor. Se iba a otro lugar. Pisó el acelerador y comenzó a conducir fuera de allí. Encendió la radio en cualquier emisora y sonaba una canción que le encantó. No sabía cuál era, pero poco le importaba. Sabía que sonarían todas las canciones que le gustaran. Era su momento.
Pensó en gente, en lugares, en sonrisas y hasta en lágrimas, pero nada le pertenecía. No le pertenecía ese cuatro que sacó en su asignatura favorita en segundo año de carrera, ni el nueve que le pusieron en el trabajo que más odió hacer. No era suyo aquel libro que tardó siglos en leer y se convirtió en su favorito. Tampoco le pertenecía ese nombre que se inventó de pequeña y que usaría como mote a partir de entonces. Ya no sentía nada de aquello como suyo. En ese instante sus únicas pertenencias eran el coche y todo el mundo para perderse por delante.
No sabía a dónde se dirigía. Quizás Oklahoma o Texas. O podía que Tennessee o Kentuky. O quizá se fuera más lejos, hasta Florida o Massachusetts. A lo mejor se quedaba cerca y acababa por California o Arizona. Realmente daba igual mientras pudiera seguir conduciendo hacia algún lugar para siempre.
martes, 30 de abril de 2013
Página 5.
Es como despertarse de un sueño. Cuando todo termina, es como si abrieras los ojos un nuevo día y todo hubiera vuelto a ser como antes.
A tu alrededor todo es igual, los coches avanzan, pitan, las personas caminan y los árboles se mueven por el viento. Pero todo ha perdido un resplandor que habría jurado imposible de ignorar poco tiempo antes.
Al mirarte a ti mismo, incluso, piensas en que hay algo diferente. No entiendes por qué ni te das cuenta de cómo ha pasado, pero ahí está. Y como todo vuelve a ser como antes, comienzas a volverte a peinar el pelo de tu manera favorita, vuelves a ignorar lo que todos piensen, vuelves a engullir toda la comida sin pararte a pensar por un momento que no te apetece. Incluso vuelves a hacer todas esas cosas que te hacían sentir tan bien y que, no sabes en qué momento, dejaste de hacer. Quizás te sentiste tan bien que no las necesitaste.
Vuelves a soñar, a pensar en todas esas cosas que quieres conseguir, pero que perdieron su valor cuando sentiste que ya lo tenías todo. Ahora las necesitas de nuevo. Forman parte de ti.
Lo único que no te atreves a mirar si ha cambiado es tu interior, porque estás completamente seguro de que lo ha hecho, y no quieres recordar cómo era antes. O cómo es ahora. Ya habrá tiempo para ello.
Ahora es momento de seguir viviendo, de seguir luchando, soñando, creciendo y caminando, a través de ese mundo que ha perdido su brillo en un momento, pero en el cual te sientes como en casa de nuevo.
A tu alrededor todo es igual, los coches avanzan, pitan, las personas caminan y los árboles se mueven por el viento. Pero todo ha perdido un resplandor que habría jurado imposible de ignorar poco tiempo antes.
Al mirarte a ti mismo, incluso, piensas en que hay algo diferente. No entiendes por qué ni te das cuenta de cómo ha pasado, pero ahí está. Y como todo vuelve a ser como antes, comienzas a volverte a peinar el pelo de tu manera favorita, vuelves a ignorar lo que todos piensen, vuelves a engullir toda la comida sin pararte a pensar por un momento que no te apetece. Incluso vuelves a hacer todas esas cosas que te hacían sentir tan bien y que, no sabes en qué momento, dejaste de hacer. Quizás te sentiste tan bien que no las necesitaste.
Vuelves a soñar, a pensar en todas esas cosas que quieres conseguir, pero que perdieron su valor cuando sentiste que ya lo tenías todo. Ahora las necesitas de nuevo. Forman parte de ti.
Lo único que no te atreves a mirar si ha cambiado es tu interior, porque estás completamente seguro de que lo ha hecho, y no quieres recordar cómo era antes. O cómo es ahora. Ya habrá tiempo para ello.
Ahora es momento de seguir viviendo, de seguir luchando, soñando, creciendo y caminando, a través de ese mundo que ha perdido su brillo en un momento, pero en el cual te sientes como en casa de nuevo.
martes, 23 de abril de 2013
Un libro y una rosa.
¡Por fin era veintitrés de abril! Era el día. Al fin habían pasado los trescientos sesenta y cinco días desde que salí del último libro. ¡Y en ese momento podría hacerlo de nuevo!
Así que, como cada día del libro, salté desde el calendario hacia la primera obra que encontré cerca. ¡Qué esponjosas estaban las páginas y qué bien olía el papel! Dejé que la tinta me recorriese todo el cuerpo antes de traspasar la primera hoja. La sentí escurrirse por mis brazos, por mis piernas, incluso dejarme el pelo perdido, hasta que, por fin, me envolvió entera y me escupió a cualquier lugar de la literatura. El primero sabía que sería ese lugar de la Mancha del que nunca recuerdo el nombre, y es grave porque siempre es el primer sitio al que me lleva la tinta. Allí aún seguían recordando a aquel loco caballero andante y, como no me preocupaba que fueran a olvidarle nunca, me dirigí a otro lugar, ya que aún me quedaba otra visita obligatoria antes de las sorpresas.
Me dejé arrastrar de nuevo por la tinta, hasta llegar a la superficie del libro y conseguir saltar al de al lado. El año anterior tocó Romeo y Julieta, supongo que este año será Hamlet. Y, en efecto, la tinta me llevó hasta el pequeño pueblo en que me atreví a dudar que sean fuego las estrellas, que el sol se mueva, que la verdad sea mentira pero, bajo ningún concepto, que ame.
Me pregunté en qué libro caería después. Di un par de vueltas sobre mí misma al salir a la superficie de Hamlet y salté en la dirección en la que me encontré al terminar de girar. Aquel libro estaba tranquilo, desconocido, mayor, pero no antiguo. Me inspiraba curiosidad. Traspasé un par de páginas con cuidado de no llevarme ninguna palabra por delante y elegí sumergirme en una que me llamaba insistentemente. Cuando llegué estaba todo lleno de oscuridad, ¡la distancia la había puesto entre tu cuerpo y el mío! Me encontré después palabras sangrando, besos implorando ser rescatados y manos sin tacto. Aquello era a la vez hermoso y terrible. Me alejé enseguida de allí, temiendo sufrir una explosión de sentimientos, pero alegre de haber conocido a Caballero Bonald y segura de que volvería por allí.
El último libro me esperaba con ansia. ¡Estaba aún sin abrir! Eso prometía, lo más probable es que me quedara allí un tiempo. De un gran salto que di con inmensas ganas aterricé sobre la V del apellido de casada de Emma. Querido Flaubert, será un placer pasar un tiempo con usted.
Y mientras tanto, ¡a esperar al próximo día del libro!
Así que, como cada día del libro, salté desde el calendario hacia la primera obra que encontré cerca. ¡Qué esponjosas estaban las páginas y qué bien olía el papel! Dejé que la tinta me recorriese todo el cuerpo antes de traspasar la primera hoja. La sentí escurrirse por mis brazos, por mis piernas, incluso dejarme el pelo perdido, hasta que, por fin, me envolvió entera y me escupió a cualquier lugar de la literatura. El primero sabía que sería ese lugar de la Mancha del que nunca recuerdo el nombre, y es grave porque siempre es el primer sitio al que me lleva la tinta. Allí aún seguían recordando a aquel loco caballero andante y, como no me preocupaba que fueran a olvidarle nunca, me dirigí a otro lugar, ya que aún me quedaba otra visita obligatoria antes de las sorpresas.
Me dejé arrastrar de nuevo por la tinta, hasta llegar a la superficie del libro y conseguir saltar al de al lado. El año anterior tocó Romeo y Julieta, supongo que este año será Hamlet. Y, en efecto, la tinta me llevó hasta el pequeño pueblo en que me atreví a dudar que sean fuego las estrellas, que el sol se mueva, que la verdad sea mentira pero, bajo ningún concepto, que ame.
Me pregunté en qué libro caería después. Di un par de vueltas sobre mí misma al salir a la superficie de Hamlet y salté en la dirección en la que me encontré al terminar de girar. Aquel libro estaba tranquilo, desconocido, mayor, pero no antiguo. Me inspiraba curiosidad. Traspasé un par de páginas con cuidado de no llevarme ninguna palabra por delante y elegí sumergirme en una que me llamaba insistentemente. Cuando llegué estaba todo lleno de oscuridad, ¡la distancia la había puesto entre tu cuerpo y el mío! Me encontré después palabras sangrando, besos implorando ser rescatados y manos sin tacto. Aquello era a la vez hermoso y terrible. Me alejé enseguida de allí, temiendo sufrir una explosión de sentimientos, pero alegre de haber conocido a Caballero Bonald y segura de que volvería por allí.
El último libro me esperaba con ansia. ¡Estaba aún sin abrir! Eso prometía, lo más probable es que me quedara allí un tiempo. De un gran salto que di con inmensas ganas aterricé sobre la V del apellido de casada de Emma. Querido Flaubert, será un placer pasar un tiempo con usted.
Y mientras tanto, ¡a esperar al próximo día del libro!
domingo, 21 de abril de 2013
Además de volver a Roma.
Está sentado en el alféizar del ventanal y mira hacia la calle. La gente se amontona a lo largo del borde de la fuente. Todos tienen un deseo que pedir, algo que quieren que se haga realidad. Las monedas vuelan hasta la superficie del agua. Él solo está ahí sentado con la canción de Asleep en modo repetición en su cabeza y sin nada por lo que luchar. Él no ha perdido nunca, pero porque nunca lo ha intentado. No ha sido por miedo, él no tiene miedo, es la persona más valiente, pero no ha sabido por qué luchar.
Pero en ese momento el volumen de Asleep en su mente disminuye y toda su atención se centra en alguien que está de espaldas a la fuente y cierra los ojos lentamente. Sus labios comienzan a moverse, formulando un deseo que él puede leer. El cabello de fuego de ella baila cuando su brazo por fin se alza para liberar la moneda, terminando a su vez de pedir el deseo.
Los ojos de él se abren y habría podido jurar que ella los ve desde la plaza, de lo grandes que se vuelven. Él se levanta de un salto y se aleja de la gran ventana, corriendo hacia la puerta y abandonando su casa a toda prisa. La canción de Asleep ha dejado de sonar y ahora se encuentra él solo, corriendo hacia la calle. Sale como una exhalación de su portal y mira por todos lados. ¿Dónde está? ¡Se ha ido! Pero, afortunadamente, consigue ver ese cabello rojo escabulléndose por una travesía.
Él corre hacia allí, sorteando con acierto todas las personas que encuentra en su camino, que no son pocas, y coge la calle que le llevará hasta ella. Justo en ese momento está entrando en una librería. Se apresura hasta allí y, cuando entra, ella ya está subiendo hasta la segunda planta. Una vez arriba se esconde detrás de una estantería, pero cuando él llega, ella ya se dirige hacia otro lugar. Vuelve la vista un par de veces, tiene la sensación de estar siendo buscada, pero nunca hay nadie. Y justo aparece él cuando ella ya cambia de pasillo. Y otro, y otro, y otro. Nunca está ahí. En una mirada que dirige él a la ventana, ¡ella ya está fuera!
Corre hacia la calle y consigue ver cómo tuerce la esquina. Consigue cruzar por los pelos el paso de cebra y a ella se le pone en rojo el siguiente semáforo. Ya está. El momento ha llegado. Because we can empieza a sonar, en su mente y por toda la ciudad. Se planta delante la pelirroja y, jadeando, consigue articular:
-¡Yo! Yo puedo hacer realidad tu deseo, y quiero.
Pero en ese momento el volumen de Asleep en su mente disminuye y toda su atención se centra en alguien que está de espaldas a la fuente y cierra los ojos lentamente. Sus labios comienzan a moverse, formulando un deseo que él puede leer. El cabello de fuego de ella baila cuando su brazo por fin se alza para liberar la moneda, terminando a su vez de pedir el deseo.
Los ojos de él se abren y habría podido jurar que ella los ve desde la plaza, de lo grandes que se vuelven. Él se levanta de un salto y se aleja de la gran ventana, corriendo hacia la puerta y abandonando su casa a toda prisa. La canción de Asleep ha dejado de sonar y ahora se encuentra él solo, corriendo hacia la calle. Sale como una exhalación de su portal y mira por todos lados. ¿Dónde está? ¡Se ha ido! Pero, afortunadamente, consigue ver ese cabello rojo escabulléndose por una travesía.
Él corre hacia allí, sorteando con acierto todas las personas que encuentra en su camino, que no son pocas, y coge la calle que le llevará hasta ella. Justo en ese momento está entrando en una librería. Se apresura hasta allí y, cuando entra, ella ya está subiendo hasta la segunda planta. Una vez arriba se esconde detrás de una estantería, pero cuando él llega, ella ya se dirige hacia otro lugar. Vuelve la vista un par de veces, tiene la sensación de estar siendo buscada, pero nunca hay nadie. Y justo aparece él cuando ella ya cambia de pasillo. Y otro, y otro, y otro. Nunca está ahí. En una mirada que dirige él a la ventana, ¡ella ya está fuera!
Corre hacia la calle y consigue ver cómo tuerce la esquina. Consigue cruzar por los pelos el paso de cebra y a ella se le pone en rojo el siguiente semáforo. Ya está. El momento ha llegado. Because we can empieza a sonar, en su mente y por toda la ciudad. Se planta delante la pelirroja y, jadeando, consigue articular:
-¡Yo! Yo puedo hacer realidad tu deseo, y quiero.
lunes, 15 de abril de 2013
Amor eterno.
Él tiene los ojitos cerrados. Y no mueve un solo músculo. Está tan relajado que podría pasar un huracán por encima suya sin él enterarse. A menos que se la llevara a ella. Entonces sí sería en fin del mundo.
Ella le mira con esos ojos. Le quiere más que a nada en el mundo en ese momento. Y ella es una persona que quiere montones y a muchas personas. Pero esta vez es él. Es tan bonito. Y es suyo.
Él parpadea un par de veces. Ella dice que es porque está soñando. Eso solo lo sabe ella. Cualquier otra persona pensaría que está despertando. Pero ella lo sabe porque es la persona que más tiempo ha pasado mirándole.
También sabe que tiene hambre, porque abre ligeramente la boca y le pone esos morritos. Solo se los pone a ella. Quizá estaba soñando con la comida, pero ahora que la tiene a escasos centímetros de sus ojos, ya abiertos, no le hace falta soñar más.
Ella lo coge entre sus brazos y lo mece, provocando la más pequeña y bonita de las sonrisas. Y para él es la mejor mecedora del mundo. Cualquier otra es porquería. Ella lo sabe, y le encanta.
Vuelve otra vez a no parar de mirarle, porque es lo más precioso del mundo. Porque solo están ellos dos cuando se miran. Él sonríe, frunce los labios pidiendo un besito, y ella le concede el capricho juntando sus labios con los suyos y con sus mofletes y con su nariz y su frente.
Ella también sonríe e igualmente es la sonrisa más bonita.
No deja de mirarle, y ya nunca lo hará.
Ella le mira con esos ojos. Le quiere más que a nada en el mundo en ese momento. Y ella es una persona que quiere montones y a muchas personas. Pero esta vez es él. Es tan bonito. Y es suyo.
Él parpadea un par de veces. Ella dice que es porque está soñando. Eso solo lo sabe ella. Cualquier otra persona pensaría que está despertando. Pero ella lo sabe porque es la persona que más tiempo ha pasado mirándole.
También sabe que tiene hambre, porque abre ligeramente la boca y le pone esos morritos. Solo se los pone a ella. Quizá estaba soñando con la comida, pero ahora que la tiene a escasos centímetros de sus ojos, ya abiertos, no le hace falta soñar más.
Ella lo coge entre sus brazos y lo mece, provocando la más pequeña y bonita de las sonrisas. Y para él es la mejor mecedora del mundo. Cualquier otra es porquería. Ella lo sabe, y le encanta.
Vuelve otra vez a no parar de mirarle, porque es lo más precioso del mundo. Porque solo están ellos dos cuando se miran. Él sonríe, frunce los labios pidiendo un besito, y ella le concede el capricho juntando sus labios con los suyos y con sus mofletes y con su nariz y su frente.
Ella también sonríe e igualmente es la sonrisa más bonita.
No deja de mirarle, y ya nunca lo hará.
domingo, 14 de abril de 2013
Alzando murallas.
Radiantes como el sol. Grandes como el cielo. Libres como una ráfaga de viento. Valientes como las olas. Fuertes como el muro más alto. Locos como el amor. Intensos como un volcán en erupción. Transparentes como el agua. Como un agua limpia, no de desagüe. Sinceros como la felicidad. Astutos como la verdad y la mentira. Profundos como el mar. Sabios como el libro más largo jamás escrito. Como todos los libros más largos jamás escritos en realidad.
Así eran sus ojos.
Lo habían visto, vivido y sufrido todo. Todo lo habían olvidado y recordado sin dolor. Habían conocido mucho más allá de los límites comprendidos por la mente, sean cuales sean.
Pero un día se cansaron y se cerraron. Su alrededor se había degenerado tanto que ya no quedaba prácticamente nada que valiese la pena ver.
Así eran sus ojos.
Lo habían visto, vivido y sufrido todo. Todo lo habían olvidado y recordado sin dolor. Habían conocido mucho más allá de los límites comprendidos por la mente, sean cuales sean.
Pero un día se cansaron y se cerraron. Su alrededor se había degenerado tanto que ya no quedaba prácticamente nada que valiese la pena ver.
jueves, 11 de abril de 2013
Y al final, nada.
Salió como una exhalación por la puerta, casi tropezando con ella y cayendo de bruces al suelo. Pero no importaba, al menos ya no. Consiguió proseguir con su apresurada carrera soltando la puerta para que se cerrara libremente.
Corrió hasta el paso de cebra más cercano y, obviamente, ni se paró a mirar en que color estaba el semáforo. De cuatro grandes zancadas lo cruzó entre pitidos enfadados y algunos gritos de los más valientes, que exigían educación.
¿Educación? ¿Qué era eso? Nada importante en ese momento.
Siguió su carrera a través de la ciudad, entre ruidos de motos, gente apurada y algún que otro piar de cualquier pajarillo.
Pero no se fijó en todo eso. Ya no era importante.
Pasó a través de un parque, lleno de niños jugando, madres rogando a los niños que dejaran de meterse arena en la boca y, otras, tirando de ellos para volver a casa. Tampoco se fijó en nada de eso.
Al igual que nadie se fijó en ella. Volvían la cabeza y la miraban con desdén, pero al final se acababan cansando y dejaban que siguiera su carrera hacia quién sabe dónde. No la veían realmente. Porque no podían. Era un fantasma y ya nadie podría verla.
Corrió por la carretera que salía de la ciudad. Corrió por el camino que llevaba a la playa. Se cruzó con bicis, coches, que la miraban pero no la veían. Pasaba desapercibida. Como cualquier fantasma.
Se desvió después hacia el acantilado, sin dudarlo un solo instante, corriendo entre las personas que volvían de allí, para los que también era invisible.
Se estaba volviendo invisible incluso para ella misma a esas alturas. Se había hecho tan a la idea, aunque en demasiado poco tiempo, o quizás no, que no supuso gran diferencia para ella dejar de correr sobre suelo firme y comenzar a hacerlo sobre el vacío que se extendía tras dejar atrás el acantilado.
Quizás la mayor diferencia fue el sentimiento de libertad que hacía tanto tiempo que no experimentaba. Sí, aquello fue bastante fantástico. Una explosión de absolutamente todo.
Y después, nada.
Corrió hasta el paso de cebra más cercano y, obviamente, ni se paró a mirar en que color estaba el semáforo. De cuatro grandes zancadas lo cruzó entre pitidos enfadados y algunos gritos de los más valientes, que exigían educación.
¿Educación? ¿Qué era eso? Nada importante en ese momento.
Siguió su carrera a través de la ciudad, entre ruidos de motos, gente apurada y algún que otro piar de cualquier pajarillo.
Pero no se fijó en todo eso. Ya no era importante.
Pasó a través de un parque, lleno de niños jugando, madres rogando a los niños que dejaran de meterse arena en la boca y, otras, tirando de ellos para volver a casa. Tampoco se fijó en nada de eso.
Al igual que nadie se fijó en ella. Volvían la cabeza y la miraban con desdén, pero al final se acababan cansando y dejaban que siguiera su carrera hacia quién sabe dónde. No la veían realmente. Porque no podían. Era un fantasma y ya nadie podría verla.
Corrió por la carretera que salía de la ciudad. Corrió por el camino que llevaba a la playa. Se cruzó con bicis, coches, que la miraban pero no la veían. Pasaba desapercibida. Como cualquier fantasma.
Se desvió después hacia el acantilado, sin dudarlo un solo instante, corriendo entre las personas que volvían de allí, para los que también era invisible.
Se estaba volviendo invisible incluso para ella misma a esas alturas. Se había hecho tan a la idea, aunque en demasiado poco tiempo, o quizás no, que no supuso gran diferencia para ella dejar de correr sobre suelo firme y comenzar a hacerlo sobre el vacío que se extendía tras dejar atrás el acantilado.
Quizás la mayor diferencia fue el sentimiento de libertad que hacía tanto tiempo que no experimentaba. Sí, aquello fue bastante fantástico. Una explosión de absolutamente todo.
Y después, nada.
Prometo que recuerdo.
Mira su foto. Y recuerda sus ojos.
Recuerda el otoño que vivía en ellos, dejando caer esperanza como los árboles dejan caer sus hojas.
Recuerda el ángulo exacto que formaba su labio superior con el inferior al sonreír. Todos ellos, en realidad, cada vez que sonreía.
Recuerda también las cosquillas que le hacía su risa y como deseaba que no terminara nunca.
Recuerda su forma de hablar, como pidiendo perdón al sonido más bello del mundo por destronarle.
La recuerda al caminar, presurosa, relajada, enfadada o indecisa.
La recuerda peleándose con un rebelde moño que pretendía silenciar su rostro.
Recuerda su mirada al ser feliz, sus manos al pintar o su pecho al respirar.
Todo eso recuerda mientras, sin querer, se le abren los ojos sin avisar, quizás molestos por la luz que entra saludando desde el otro lado de la habitación.
Y en ese momento recuerda, sobre todo, que no recuerda nada. Que su memoria es demasiado débil y que ha pasado demasiado tiempo.
Pero aunque quizás ya no recuerde el número de arrugas que se formaban en la comisura de sus ojos al torcer sus labios en esa sonrisa traviesa, sí recuerda desde hace cuánto tiempo no las ve.
Recuerda perfectamente por qué no las ve.
Recuerda que la dejó ir y ni si quiera sabe a dónde.
Recuerda que no fue valiente, que no se atrevió.
Recuerda que amó demasiado, pero no suficiente. Y que aún así no amará a nadie tanto, y mucho menos más, como a ella.
Recuerda que aún recuerda.
Y recuerda... no, siente. Siente que sigue sin ser valiente y que el tiempo le ha vuelto más cobarde, si cabe.
Siente que ni siquiera sería capaz de tratar de buscar esos ojos otra vez.
Porque la ama demasiado. Que aunque haga ya tiempo que no ve al amor, siempre lo sentirá.
Y soñar con ella ha sido tan emocionante que ojalá pueda sobrevivir merced a ello.
martes, 9 de abril de 2013
Ese primer beso.
Esto va de primeros besos. ¿Por qué la gente le da tanta importancia al primer beso? ¿Por qué ha de ser bajo la lluvia, en la playa viendo el atardecer o a la luz de la luna llena? ¿Por qué preocupa tanto el no saber si la/lo quieres suficiente como para que sea un buen primer beso? Porque, claro, ¡tu primer beso no puede ser con cualquiera! ¡Faltaba!
Porque están esas personas que llegan a la mañana siguiente a su casa llorando porque han derrochado su primer beso con ese o esa chico o chica que solo conocían de vista, que no les gustaba, pero es que no eran conscientes de lo que hacían y ahora siempre recordarán su primer beso como un fracaso, como algo que no vale la pena recordar.
¡No!
¿Por qué?
¿Por qué el primer beso tiene que ser siempre el primero?
Creo que deberíamos considerar "primer beso" a aquel que damos la primera vez que nos enamoramos. A aquel en el que sentimos todas esas cosas que no habíamos sentido nunca y no habíamos podido imaginar que sentiríamos. En el que no solo sean unos labios, sino que sean sus labios, su piel la que estás tocando, que no se va a volver repetir, pero que no te hace falta, no necesitas una segunda oportunidad porque sabes que ese es tu primer beso, sin importar los otros muchos o pocos besos que hayas dado antes, a personas sin unos labios que vayas a recordar.
Y ya está, cuando pasa, pasa. Y sí que es cierto que en una película queda mucho mejor las olas de cualquier mar detrás, pero en la realidad ¿qué más da? ¿Quién va a estar ahí para decir cómo es de bello vuestro beso? Vuestro beso es el más bello para vosotros. Porque solo vosotros estaréis ahí para sentir vuestro primer beso.
Yo, por mi parte, estoy ansiosa de encontrarlo. Así que seguiré buscando unos labios que lo merezcan.
Porque están esas personas que llegan a la mañana siguiente a su casa llorando porque han derrochado su primer beso con ese o esa chico o chica que solo conocían de vista, que no les gustaba, pero es que no eran conscientes de lo que hacían y ahora siempre recordarán su primer beso como un fracaso, como algo que no vale la pena recordar.
¡No!
¿Por qué?
¿Por qué el primer beso tiene que ser siempre el primero?
Creo que deberíamos considerar "primer beso" a aquel que damos la primera vez que nos enamoramos. A aquel en el que sentimos todas esas cosas que no habíamos sentido nunca y no habíamos podido imaginar que sentiríamos. En el que no solo sean unos labios, sino que sean sus labios, su piel la que estás tocando, que no se va a volver repetir, pero que no te hace falta, no necesitas una segunda oportunidad porque sabes que ese es tu primer beso, sin importar los otros muchos o pocos besos que hayas dado antes, a personas sin unos labios que vayas a recordar.
Y ya está, cuando pasa, pasa. Y sí que es cierto que en una película queda mucho mejor las olas de cualquier mar detrás, pero en la realidad ¿qué más da? ¿Quién va a estar ahí para decir cómo es de bello vuestro beso? Vuestro beso es el más bello para vosotros. Porque solo vosotros estaréis ahí para sentir vuestro primer beso.
Yo, por mi parte, estoy ansiosa de encontrarlo. Así que seguiré buscando unos labios que lo merezcan.
martes, 2 de abril de 2013
Trivialidades de vital importancia.
Lucía cierra la puerta lentamente y se apoya sobre ella. Cierra los ojos, también despacio, y reflexiona.
"No ha salido jamás de mi habitación" piensa, sin querer admitir su inquietud. "Tampoco se lo he dejado a nadie".
Con los ojos aún cerrados y los puños inconscientemente apretados, casi clavándose las uñas, se imagina su habitación. Con todos sus rincones y recovecos.
"Vamos, ¡piensa! ¿Dónde puede estar?"
El mismísimo roce de su pelo con la madera de la puerta, de sus brazos contra su jersey, le hace perder la concentración y, cuando no puede más... ¡corre hacia el cajón más cercano y lo abre! Rebusca por su interior, pero no hay nada.
Corre entonces hacia su cama y se agacha para mirar debajo. ¡Solo suciedad!
Se desliza hasta la papelera y revuelve entre los arrugados papeles. ¡Más basura! Chicles, lápices rotos y entradas usadas de cine.
Se abalanza después sobre su bolso, no descubriendo más que brillo de labios, sus auriculares y una nota.
Se estaba desesperando. ¿Qué iba a hacer?
En ese preciso instante se abre la puerta de su habitación y alguien entra.
-Cariño, he encontrado la entrada del concierto de esta noche. Estaba en los vaqueros que echaste a lavar - dice con un papel en la mano.
-Mamá, no tienes ni la menor idea de cuánto te quiero - contesta Lucía depositando un beso sobre la mejilla de su madre mientras todos sus músculos se destensan y todos sus nervios recobran su actividad normal.
"No ha salido jamás de mi habitación" piensa, sin querer admitir su inquietud. "Tampoco se lo he dejado a nadie".
Con los ojos aún cerrados y los puños inconscientemente apretados, casi clavándose las uñas, se imagina su habitación. Con todos sus rincones y recovecos.
"Vamos, ¡piensa! ¿Dónde puede estar?"
El mismísimo roce de su pelo con la madera de la puerta, de sus brazos contra su jersey, le hace perder la concentración y, cuando no puede más... ¡corre hacia el cajón más cercano y lo abre! Rebusca por su interior, pero no hay nada.
Corre entonces hacia su cama y se agacha para mirar debajo. ¡Solo suciedad!
Se desliza hasta la papelera y revuelve entre los arrugados papeles. ¡Más basura! Chicles, lápices rotos y entradas usadas de cine.
Se abalanza después sobre su bolso, no descubriendo más que brillo de labios, sus auriculares y una nota.
Se estaba desesperando. ¿Qué iba a hacer?
En ese preciso instante se abre la puerta de su habitación y alguien entra.
-Cariño, he encontrado la entrada del concierto de esta noche. Estaba en los vaqueros que echaste a lavar - dice con un papel en la mano.
-Mamá, no tienes ni la menor idea de cuánto te quiero - contesta Lucía depositando un beso sobre la mejilla de su madre mientras todos sus músculos se destensan y todos sus nervios recobran su actividad normal.
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