sábado, 16 de febrero de 2019

He vuelto al comienzo

Quién abandonó al color negro para que lleve toda la vida de luto.

Ando buscando palabras para explicarme a mí misma lo que los demás creen que entienden.
No saben si reír o correr y hacen como que lloran.
No sabemos si creer o mentir y nos hacemos una bola de pelo,
en la garganta, que luego no sabemos escupir.
No sé si el amor, o ella o eso o yo.
No sé qué decir.
No sé qué decirte.
Las palabras son de agua cuando intento ordenarlas. Son de barro cuando intento soltarlas. No son mías. Y son de lluvia entonces.
Las intenciones son ligeras, hasta que te cansas de no llegar nunca, y de nunca saber dónde estás, ni a dónde tenías que llegar.
Entonces qué. No quiero mojarme. No quiero un paraguas. No quiero tu coche. Y me subo.
Sigo sin llegar nunca.
Qué seca tu idea de mí. Qué pieza del puzle he perdido. No hay nada que encajar.
Y no tenemos ni idea.
Quién puso la primera norma.
Quién no entendió el motivo y dejó de romperla,
pensando que se ahogaba,
en un vaso que no existe.
No sé qué decirte.
Qué intento decirme.

Tengo el mar llamando a la puerta
y mi almohada no le quiere abrir.
Hay trece olas jurando gatos blancos
y mi suerte no para de reír.

Acariciar recuerdos carece de la solidez que ando buscando.

Y unos rizos sobre un libro y un poste,
qué tipo de señal es.
Qué tipo de sinestesia, si aun estoy mordiendo otras páginas e ignorando 'prohibidos el paso'.

Si ni siquiera he tenido una casa en la que no querer dejar solo a nuestro hijo para que me rompieran el corazón.
No paro de llorar sobre vacío y los agujeros verdes no dejan de darme la espalda.
No encuentro estrellas a las que poner un nombre. Aún no he coincidido con mi estación espacial.

Llevo quemándome toda la vida y me asquea el humo cuando acaba el incendio. Y me asquea la palabra hipócrita cuando hace cinco años que no me miras.
Qué necesidad hay de no parar de buscar. A mí que me encuentren,
barriendo en algún bar, de Montmartre o de Vietnam.
A mí que me busquen.
Como si me fueran a encontrar.

Llevo la memoria rota desde hace un par de obstinaciones y no hago más que intentar pegarla a base de golpes.
La voluntad es demasiado endeble pero no tengo ni idea de qué órdenes son las que estoy siguiendo
porque las pierdo cada vez que miro atrás.
A ellas que las busquen.
Como si las fueran a encontrar.

No se me ocurre un mapa, ni una pared más grande, ni una casa que quepa
fuera de la palabra más larga que nunca acierto a decir.
Tengo mil lenguas en conserva y ni si quiera saben salir.
No aprendo ni domesticar la obediencia ni las ganas de fingir.

A mí y a los demás.

Los demás como conjunto de objetos o de cosas o de elementos que forman un todo que ni siquiera tiene derecho a llamarse así.

Mí como partición finita de ideas o de sentimientos o de carcajadas que forman el puzle como pasatiempo favorito
y la procrastinación como principio para no llegar al final.

¿Imaginas tener que forzar un montón de piezas independientes en una unidad preconcebida como completa? Ahí se inventó la palabra imposible.
Y nosotros usándola mal toda la vida.

martes, 18 de julio de 2017

Sal y otras quemaduras.


Otras quemaduras en las manos, en la boca y en la percepción de la belleza.
Y que salgas, he dicho.

 Solo una más y lo dejo. Seis.
Un día dije que sobre ella no escribiría, hasta que otro día dejé pasar a las arañas.
Solo una vez, dije.
Porque así devorarían mis mariposas en la garganta y ella lo merecía.
Y ahí acabaría la cosa.
Hasta que volví a escribir y me he vuelto a caer en mis manos que se creen con derecho a traicionarme la voz. Y las arañas se han quedado sin tela que tejer y sin insectos que embaucar.



 Si pudiera vivir en primavera y verano a la vez no dejaría de verte pasar. Seis.


Es una batalla perdida contra mí la de acabar escribiendo cada vez que

 Las veces que he vuelto para no quedarme. Seis.

He volado un poco hoy, he regresado a mi bosque de los 17 y me he dejado perder por las ramas unos minutos que después han sido tres segundos.
El tiempo vuela más deprisa que yo cuando sonrío como antes y han vuelto a crecer flores en raíces olvidadas.
He llovido en ríos secos (y han llovido ellos en mí) y han vuelto a respirar los muertos.
Han alzado el vuelo gotas de rocío que han cambiado ya de nombre siete veces, y al revés.
He plantado cinco rosas en las comisuras de tus labios y me he vuelto a pinchar tan intencionadamente como siempre.
Me he tenido que volver a coser el pecho al suelo y ha vuelto a no servir de nada.
He vuelto a oír el mar en Madrid y a notar sal en la boca, de esa que sabe dulce.
He reivindicado mi opinión de que algunos de menos molesta más echarlos y este en concreto está siendo de los más desagradables.



 Los gritos 1. Cinco.
Quiero decir que me echo de menos.
Quiero gritarme que vuelvas.
Quiero cortarme los miedos
y no acabo de encontrar las tijeras.
Quiero decir que lo siento, pero no sé a quién perdonar.
Quiero dejar de olvidarme
y aprender a decirme te quiero.
Quiero creerme.
Pero cada vez que abro los gritos se me cierra la boca sin saber a quién demonios se lo puedo decir.



 Nos faltan las ganas. Uno.
Creo que hay un lugar en el mundo donde nadie tiene miedo, y que solo es cuestión de encontrar el tuyo.
Creo que todas las sonrisas son de verdad, aunque no sean de alegría, igual que no todas las lágrimas las pierdes por dolor.
Y que cada uno sobrevive como quiere. O como puede.
Creo que las generalidades se inventaron por pereza.
Y creo que nada es mentira, que no tenemos miedo, que lo que nos faltan son ganas.



 Los gritos 0. Cinco.
Ojalá te tuviera.
De espaldas.
De boca.
De calle.
De fiesta.
O de mar.
De todo a la vez.
Ojalá te tuviera algún rato.
Aunque tú no estuvieras.
O aunque no lo supieras.
Ojalá te tuviera descalza
y en los tacones más altos también.
Ojalá tenerte
bailando tango.
Ojalá tenerte
y no soltarte.

Ojalá en la lluvia.
En cualquier gota.
En querer mojarse.
Ojalá corriendo
a ninguna parte
desafiando al viento,
ganándole al suelo
todos los kilómetros que aún no (te) tengo.

Y ojalá quisieras correr conmigo
y cansar el alma
y descansar la vida
de todas las mentiras
que nos cuentan para sobrevivir
sin tocar estrellas.

Y si pudiéramos contar,
y tocar,
(estrellas)
te atreverías a apostar
cuántas veces perderíamos la batalla
y la cordura
antes de tocar la luna.
Y cuántas veces nos reiríamos de las ganas
que otros creen que no tuvimos.
El cielo es demasiado grande y yo me dejé atar demasiado corto.
Pero la cuerda se ha vuelto débil y mis manos se han vuelto de alguien que sí se atreve a tirar de ella, por lo menos, hasta escaparse fuera.

Ojalá quemarnos
antes que morirnos de frío.
Y derretir los años
que se creen que nos han robado.
Y devolver los gritos
que tan a buen recaudo habíamos guardado.


Bienvenidos al mundo de la contradicción descalza, la poesía reprimida y la libertad disfrazada.

 Los días malos. Cuatro.
El tiempo se sigue dilatando y nunca jamás se acaba de romper.
Los días ya no tienen veinticuatro horas y los minutos duran noventa y siete segundos y a cada noventa y ocho respirar me cuesta un poco más.
Tengo los días que me quedan atragantados en los dedos de los pies y cada vez que los estiro me duele un poco el corazón.
Se me están acabando las excusas y no hago más que perder todo el tiempo que no quiero en buscarme otras nuevas.
Las paredes se están empezando a enamorar y todas se han encaprichado de la que le ha cortado los dedos. Pero si va a ser a mi costa que se besen todos los opuestos que me tengan que asfixiar.


 Lo llaman esencia y tú la tienes.


 De ADN y otras estructuras. Tres.
Quiero flores en el pelo,
besos en el cuello.
Quiero la sonrisa más grande del mundo y que sea solo tuya.
Quiero un para siempre que no venga con firma para celebrarlo continuamente.
Quiero la confianza que espanta al miedo,
esas ganas de alzar el vuelo.
Que si una canción me recuerda a ti no tenga más que pedirte un vals.
Y que sea un tango.
Bailar descalza
sobre la arena
y sobre todo
sobre ti.
Quiero esa tranquilidad en la boca, feliz, y en los párpados recién levantados.
Grabar a fuego lento y rápido y a todas las velocidades esas ganas.
Y pintar toda la música que podamos colgar de las ventanas cuando queramos arder a oscuras.
Estrenar la primavera en tu nariz
y los rayos del sol en tus piernas.
Y en las mías.
A la vez.


 El gato negro que no me he cruzado. Tres.
De todo a nada hay un suspiro, una sonrisa, un por fin.
Hay una mudanza, un encontrarse en casa, saber que has llegado a un hogar.
De todo a nada está la inconsciencia que más va a doler de todas.
Una tormenta de porqués.
Varios diluvios de dudas.
Después de todo
y antes de nada
va a venir la esperanza más descorazonadora que te vaya a poder romper en trozos.
Y vas a ver tu casa desde detrás de un cristal y va a ser la exposición más bella de la que quisieras volver a ser obra. De arte. Y ahora solo quedan ladrillos. Y ya no.
Y la nada te va a tocar el hombro porque quiere ser educada
antes de ponerte
entre esa nada y la pared.
Y ya no hay casa ni sonrisas ni la lluvia.
La nada está vacía y ahora toca volver a llenarse.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Deslealtad reflexiva

Cuando un nombre en la boca sabe a sal,
para aquellos que adoran el mar,
es como un amanecer.
Para los que se ahogan,
es un eclipse de contrariedad.
Cuando la pluma vuelve a escribir.
Con tinta seca.
Con sangre fresca.
La cicatriz se disfraza de arte,
el dolor insiste en tocarte
pero al girarte
se desvanece.
La inconsciencia se ha vuelto un arma de doble filo
y el alma
se desentiende.
La experiencia se empacha de alzheimer
y si le preguntas
nunca se acuerda.
La razón enmudece y el miedo no sabe dónde meterse,
de se busca por crimen a se busca por ganas.
Atrapad a quien le busca,
por complot y por descaro.
Pero cuando nadie ha tocado el veneno y todas las manos se muestran,
a quién disparas primero
sabiendo que eres tú
la que va a acabar presa.
Cuando una palabra dura mil horas
y algún monosílabo termina en trabalenguas.
Cuando un silencio ha sido poesía
y una alegoría ha sido reprimida
es que la traición ha sido colectiva.

lunes, 15 de febrero de 2016

Anáforas puntuales y alegorías permanentes.

A veces tengo miedo. Y a veces miento, diciendo que solo a veces tengo miedo.
A veces chillo. Y a veces me vuelvo loca creyéndome sorda porque digo que chillo. Porque a veces miento. Y no chillo. Fuera.
A veces soy lo suficientemente cobarde como para hacer demasiado ruido. Y entonces me bebo a los lobos. Y luego miento y no digo que es de la envidia.
A veces me creo que no miento. Que es verdad, que nací en la ciudad, que no le puedo aullar a la luna. A veces hasta me creo que puedo encontrar mi propia luna, en esta ciudad. En esta ciudad. Increíble verdad, a quién se le ocurriría.
A veces siento el ulular de algún semáforo, o el maullido de ese coche. Vaya, era un coche.
A veces además de sorda me quiero ciega, pero al revés.
Y luego me dicen que hay gente en el mundo que vive sin ser sorda. Ni ciega. Y que vive. Y a veces me lo creo. Y luego lo compruebo.
Y entonces miento. Y digo que no estoy sorda ni ciega. Pero que no tengo miedo.

lunes, 5 de octubre de 2015

Quiero.

Quiero romperme el cuello en todos los saltos que nunca he dado.
Quiero coserme a un niño que me recuerde lo que he perdido.
Quiero inyectarme un suero que lleve el sueño que ya no encuentro.
Quiero perderme en besos, en los que sean, en los que sepan.
Quiero encontrar un día cualquier excusa para que crean que tuve un móvil para escapar.
Quiero crecer de nuevo.
Y creer que puedo. Crecer.
Y creer.
Y correr.

Quiero salvarme de mí antes de caerme dentro y quiero poner un cuadro con todo lo que me he roto. Para recordarme que es arte porque te hace sentir algo. Para pintarme yo también e inventar que duele porque es bonito y porque ahí está la gracia que creía haber perdido.

La duda entre el punto final y la recaída.
Lo bello del quizás.
El terror de la sospecha.
El afán de auto-control.

Sé que nunca dejas de querer a alguien pero también sé que hay un punto en la historia, un cierto momento, en que serías capaz de irte. Y, aunque no lo hagas, es como si acabaras de volver de un viaje o de despertar de un sueño. Y ya puedes empezar de nuevo. En ese instante has acabado de escribir una página a la que siempre volverás pero nunca para quedarte.

jueves, 7 de mayo de 2015

Esta vez el arma asesina soy yo y ni siquiera encuentro tu boca.

No, no es una metáfora. Te estás llenando tanto que va a rebosar tu encanto.
La gota que colma el beso va a ser el próximo que no te den y todos los anteriores que te negaste.
Tienes un muerto colgando dentro y la sorpresa te la vas a llevar cuando te encierren por asesinato.
No voy a decir te lo dije pero es que no te lo dije porque hace tanto tiempo que ya es demasiado tarde.
Te pasó que creíste en estrellas con las puntas demasiado afiladas.
He intentado quererte menos y pensarme más, pero se me van las ideas a tus huesos, que no paran de temblar.
Aún sé reír a mandíbula sangrante.
Te recuerdo que aprendí por ti y te olvido que nunca me lo agradeciste.
No te pido que lo hagas, te suplico que me digas como me lo quito de encima.
Qué hago contigo, mi vida. Y qué hago conmigo.

miércoles, 22 de abril de 2015

Dos escritores y una chica caos.

La chica caos me está invadiendo. Viene con su ejército de miedos cabalgando en enormes secretos.
La chica caos me ha dicho que invierte versos en bolsa para que no se los quiten nunca, que borra besos de cuellos y gritos del aire.
Me ha dicho que si quiero me dibuja un eco nuevo.
Que por el módico precio de toda mi vida lo hace parecer eterno.

Pero es que para qué no sentir.
No quiero labios para esto.
No quiero vida para esto.
Me he obsesionado tanto con el miedo que se ha vuelto emocionante.
Miento, me he vuelto escalofriante.

Yo sé de sentidos con esquizofrenia, de manos queriendo escuchar tu aliento y miradas tocando tu piel. De besos rasgados y risas suicidas. Ya hasta se me ha olvidado llorar, se me han secado las fuerzas.

Qué se me ha perdido por el camino, qué he olvidado recordar, tropezar contigo se está volviendo una costumbre y yo me estoy volviendo loca.
Tengo un tira y afloja en cada brazo y ya me he roto en dos los besos suplicando no quererte, deshaciéndome en caprichos,
discutiéndome las ganas.
Y me he vuelto a grapar a mí, pero es mala solución si ya no me soporto.

Soy difícil de arreglar porque alguien se quedó la parte sana y aquí solo quedan trozos.
Rotos.
Olvidados.
Que ni siquiera
encajan.

Supongo que intento suplir las carencias cosiendo encuentros, el caso es que siempre me acabo pinchando en los dedos, clavando en el pecho. Soy buena mimetizando dolores. Aunque ni yo me lo creo.

Es como intentar regalarle al mar un suspiro sabiendo que no pasará la orilla.
Sabiendo que se lo llevará el viento.
O el agua.
O cualquier desaliento perdido de alguien que se rindió.
Por fin.
Qué valiente.
Y ojalá tenga suerte.

Y de verdad necesito dejar de ser la niña rota que se tira por la primera ventana con vistas.
Pero es que se me para el alma cada vez que nos veo.
Y no me quiero así. Si te pienso quiero que sea bonito, que sea en la cama, que sea en un beso. No quiero volver a pensar que no hay nada que pueda pasar.
Miro a mi alrededor y todo son sonrisas de cristal, pero en cuanto cualquiera no mira vuelan los corazones rotos.
Lloran los suicidas locos.
Matan los que se han vuelto de hielo.

Quiero volver a ir en bici en ese parque en que me conocí de pequeña.
Quiero tumbarme en el rincón más bonito de Madrid mientras el resto de la gente duerme. Y cerrar los ojos sin miedo a que aparezcas y no sea a mi lado.
Quiero conocer lugares fuera de tu corazón y empezar a coser el mío para perdonar lo que me hizo.
Sentir que vuelve a respirar el cielo cuando me oye sonreír de nuevo. Me mataría si supiera a quién debo el placer.

Pero es por desvanecerse escribiendo que al final lo hacemos, por si algún día Dios (o quien sea) se fija y nos vuelve ceniza. Y nos echa a tus pulmones a morir todos juntos.

El caso es que tal vez debiera creer a la chica caos y venderle mis daños. Venderme a sus promesas.
El caso es que si supiera regalarte rosas, el libro lo escribíamos después.

lunes, 23 de marzo de 2015

Hasta que conteste.

Descansa, alma, en paz, descansa que ya ha terminado todo.
Duerme a la calma y déjate arrastrar.
Siempre será demasiado grande el mundo para querer acariciarlo entero.
Siempre habrá un suspiro que se escape del cajón, un descuido condenado a opinión.
Una risa demasiado bella y un camino demasiado recto.
Quedarán los días, como queda el cauce cuando seca un río.
Quedará la vida, como queda el mundo cuando una estrella explota y ya no queda luz, aunque parezca que no se nota.
Y romperé el silencio, como un feo adorno, como un jarrón viejo y gritaré al invierno que no sabe irse.
Que por qué te roba, que por qué te esconde.
Hasta que conteste.
Y llevará tiempo, y traerá oxígeno.
Pero tú duerme, que seremos por ti.

martes, 17 de febrero de 2015

Antojos de madrugada.

Hace una vida que no escribo.
Y lo siento.
Por mí.
Porque te siento.
Aún. Tanto.
Y se me cansa el alma de gritarlo.
Y el silencio se empieza a quedar sordo.
Me he vuelto el caos más desordenado que vayas a querer ordenar y fallar en el enredo.
Se me cambia hasta el tiempo de sitio y no me queda más remedio que ir contando los segundos que han pasado para no morir de aburrimiento.
Me voy consumiendo en propósitos vacíos que maté yo misma entre recaída y recaída.
Porque te tengo colgada de la pared y también de la piel y ahora soy yo la que me empiezo a caer a cachos.
He probado a llorar el dolor fuera,
cualquiera diría que con lo que escuece no desaparecería;
pero no
no hay nada productivo en deshidratarse por los ojos.
Qué se le va a hacer.
Salvarme muriéndome es mi manera de querer.
No es la mejor pero de momento sigo viva.
Y no sé qué hago escribiendo, será que no me gusta gritar y ahora es el papel es que está dejando de escuchar.

P.D. Me dijeron que en dos días era algo así cómo San Valentín (¿o era ayer?); quiero desear un feliz día de los no enamorados y ya si eso yo me acordaré de no querer.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Página 1793 de 365.




No paro de quejarme del invierno.
Porque hace frío, digo.
En este presentía bastantes ratos bajo cero echándote de menos
pero es cierto que casi no noto el hielo fuera con todo el que tengo dentro.
He perdido diciembres antes,
pero ninguno tan largo como el camino a casa la última vez que salí de ella
al salir de ti.
Este pretendía quererlo porque es el número dieciocho de quién sabe cuántos,
y porque ha sido bonito, no voy a mentir;
pero al final he acabado vendiendo carcajadas a precio de recuerdos que ojalá no valiesen nada.
He derrochado tantos planes que he olvidado el verbo "saltar".
Llevo tratando de no volver a la última página tantas veces como versos te he vuelto a escribir
y he seguido leyendo al revés
y hacia atrás
hasta caerme por el final.
Final que nunca escribo, que no me atrevo y que nunca digo
en voz alta.
Y es que creo en segundas oportunidades,
pero también creo que ellas dejaron de creer en mí el día que deseé conocerte primero.
Sigo abrazándome a cualquier intento congelado hasta volverme a resbalar y nunca aprendo.
Tengo nieve en los besos de usarlos tan poco
y los ojos fundidos de mirarte tanto.
También tengo que dejar de comerme los labios cuando te pienso
y cuando trato de no hacerlo,
porque imagínate que un día me vuelven a hacer falta y dejé por ahí los trozos.
De momento me propongo no perder muchos suspiros
porque ya me quedo con suficiente poco aire si te miro,
pero morir ahogado es lo más parecido a tenerte cuando no puedo dormir.
Y cuando se me olvida vivir,
reír,
morir.
Y solo tengo frío.
Y no hay manera de acabar el libro sin pasar una
y otra
y otra
y otra vez
por
ti.