sábado, 28 de septiembre de 2013

Palabras rebeldes.

Se suponía que pretendía escribir.
Quién sabe de qué; ni yo lo sabía, de hecho. Por su puesto, de tu pecho no. Ni de tu pelo. Ni de tus pecas. Tampoco de tus estrellas, atrapadas bajo pupilas, bajo sonrisas. No encuentro palabras en tus manías, ni en las mías. Quizás te las llevaste, quizás por eso te quería. No quedan letras en tus noches, ni excusas en el asiento de atrás del coche. No hay cordura en tus recuerdos, esparcidos por el suelo, ni razón en mis silencios, reunidos en diarios. No hay consuelo, en conclusión, en intentar plasmar tus besos, de cristal, de aire, de todo, menos de autenticidad, en papeles magullados de querer buscar sentido a los restos de este, una vez querido, corazón herido.
Y al final sí escribí, sin saber cómo, de ti.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

¿Y si no te preguntaran por qué?

Se despertó una mañana sobresaltada y con el corazón a mil por la carrera que le había tenido que echar al sueño para escapar de la pesadilla.
Se regaló unos segundos para tranquilizarse y enseguida se dispuso a ponerse en marcha con la rutina.
Los tres primeros minutos no supo qué hacer porque todavía eran las 6:57 y ella no tenía que levantarse hasta las siete en punto; así que los pasó revisando con la vista sus estanterías y paredes sin pensar en nada en concreto.
A las 7:00 se levantó de la cama y abrió el armario para sacar de él el uniforme de pantalón verde y camiseta blanca establecido para los jueves. Los jueves tenía clase en el gran almacén de armas y no necesitaba llevar la ropa de combate.
Desayunó y se terminó de preparar hasta las 7:40, que salió de casa hacia la parada de metro. Se encaminó rápidamente hacia la línea del Ejército y entró en el vagón a las 7:47, a la vez que se cerraban las puertas y comenzaba el viaje.
Había más de trescientas líneas que salían de cada parada, una para cada oficio por supuesto, pero nadie se había perdido o llegado tarde nunca. Cada uno sabía exactamente donde debía dirigirse. Al fin y al cabo, esa era casi la única linea que llevaban usando toda su vida para desplazarse a dónde necesitaran. Ningún Pintor necesitaría ir jamás a ningún lugar al que la línea de Profesores pudiera llevarle. Solo había opción de coincidir con alguien que no fuera de tu mismo gremio en las líneas nacionales e internacionales.
Cuando se bajó del metro a las 7:55 se encontró a uno de sus compañeros de clase, pero no bajaba del mismo tren, venía de otro andén. En ese momento le rodeaban tres seguratas y empezaban a hacerle preguntas
Aquello le hizo acordarse de la pesadilla que había tenido.
Se asustó y salió corriendo, deseando no volver a soñar con ese mundo que había creado su mente lleno de elecciones y libertad.