lunes, 15 de febrero de 2016

Anáforas puntuales y alegorías permanentes.

A veces tengo miedo. Y a veces miento, diciendo que solo a veces tengo miedo.
A veces chillo. Y a veces me vuelvo loca creyéndome sorda porque digo que chillo. Porque a veces miento. Y no chillo. Fuera.
A veces soy lo suficientemente cobarde como para hacer demasiado ruido. Y entonces me bebo a los lobos. Y luego miento y no digo que es de la envidia.
A veces me creo que no miento. Que es verdad, que nací en la ciudad, que no le puedo aullar a la luna. A veces hasta me creo que puedo encontrar mi propia luna, en esta ciudad. En esta ciudad. Increíble verdad, a quién se le ocurriría.
A veces siento el ulular de algún semáforo, o el maullido de ese coche. Vaya, era un coche.
A veces además de sorda me quiero ciega, pero al revés.
Y luego me dicen que hay gente en el mundo que vive sin ser sorda. Ni ciega. Y que vive. Y a veces me lo creo. Y luego lo compruebo.
Y entonces miento. Y digo que no estoy sorda ni ciega. Pero que no tengo miedo.

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