Quién abandonó al color negro para que lleve toda la vida de luto.
Ando buscando palabras para explicarme a mí misma lo que los demás creen que entienden.
No saben si reír o correr y hacen como que lloran.
No sabemos si creer o mentir y nos hacemos una bola de pelo,
en la garganta, que luego no sabemos escupir.
No sé si el amor, o ella o eso o yo.
No sé qué decir.
No sé qué decirte.
Las palabras son de agua cuando intento ordenarlas. Son de barro cuando intento soltarlas. No son mías. Y son de lluvia entonces.
Las intenciones son ligeras, hasta que te cansas de no llegar nunca, y de nunca saber dónde estás, ni a dónde tenías que llegar.
Entonces qué. No quiero mojarme. No quiero un paraguas. No quiero tu coche. Y me subo.
Sigo sin llegar nunca.
Qué seca tu idea de mí. Qué pieza del puzle he perdido. No hay nada que encajar.
Y no tenemos ni idea.
Quién puso la primera norma.
Quién no entendió el motivo y dejó de romperla,
pensando que se ahogaba,
en un vaso que no existe.
No sé qué decirte.
Qué intento decirme.
Tengo el mar llamando a la puerta
y mi almohada no le quiere abrir.
Hay trece olas jurando gatos blancos
y mi suerte no para de reír.
Acariciar recuerdos carece de la solidez que ando buscando.
Y unos rizos sobre un libro y un poste,
qué tipo de señal es.
Qué tipo de sinestesia, si aun estoy mordiendo otras páginas e ignorando 'prohibidos el paso'.
Si ni siquiera he tenido una casa en la que no querer dejar solo a nuestro hijo para que me rompieran el corazón.
No paro de llorar sobre vacío y los agujeros verdes no dejan de darme la espalda.
No encuentro estrellas a las que poner un nombre. Aún no he coincidido con mi estación espacial.
Llevo quemándome toda la vida y me asquea el humo cuando acaba el incendio. Y me asquea la palabra hipócrita cuando hace cinco años que no me miras.
Qué necesidad hay de no parar de buscar. A mí que me encuentren,
barriendo en algún bar, de Montmartre o de Vietnam.
A mí que me busquen.
Como si me fueran a encontrar.
Llevo la memoria rota desde hace un par de obstinaciones y no hago más que intentar pegarla a base de golpes.
La voluntad es demasiado endeble pero no tengo ni idea de qué órdenes son las que estoy siguiendo
porque las pierdo cada vez que miro atrás.
A ellas que las busquen.
Como si las fueran a encontrar.
No se me ocurre un mapa, ni una pared más grande, ni una casa que quepa
fuera de la palabra más larga que nunca acierto a decir.
Tengo mil lenguas en conserva y ni si quiera saben salir.
No aprendo ni domesticar la obediencia ni las ganas de fingir.
A mí y a los demás.
Los demás como conjunto de objetos o de cosas o de elementos que forman un todo que ni siquiera tiene derecho a llamarse así.
Mí como partición finita de ideas o de sentimientos o de carcajadas que forman el puzle como pasatiempo favorito
y la procrastinación como principio para no llegar al final.
¿Imaginas tener que forzar un montón de piezas independientes en una unidad preconcebida como completa? Ahí se inventó la palabra imposible.
Y nosotros usándola mal toda la vida.
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