domingo, 27 de enero de 2013

Tienes hasta media noche.

Estaban a punto de dar las doce en el reloj de pared del gran salón de baile. Pero ella no tenía prisa. Era una princesa sin hora. No iba a desaparecer su precioso vestido cuando tocara el reloj, porque no estaba hecho de magia. Era real, todo aquello era real. Y esa era la mejor magia.

-¿Quieres un poco de ponche? - le preguntó su príncipe, justo como en las películas.

-¡Claro! - Contestó ella con una sonrisa que nada en el mundo hubiera conseguido borrar - Te esperaré por aquí - comentó mientras le soltaba la mano, permitiéndole alejarse.

Ataviada con su feliz sonrisa dio una vuelta por la sala y admiró a las parejas que daban vueltas por la pista de baile. Todas eran hermosas en aquel momento. Todo era hermoso, en realidad. Ella, incluso. Es decir, ella, sobretodo. Comenzó a sonar la primera campanada y, con sorna, la princesa se burló del reloj, dándole a entender que sus estúpidas campanadas no marcaban, ni de lejos, el fin de su noche. Miró sus zapatos, que no eran de cristal, y pensó que ella no los perdería esa noche. Volvió a alzar la vista y echó un vistazo a su alrededor, por si veía a su príncipe volver. Y, en efecto, le vio. Pero no volvía. Se estaba yendo. Se iba muy lejos. Y, con la última campanada, los labios del príncipe bebieron de unos que no eran los de la princesa. Con la última campanada, también se terminaba un cuento y una princesa dejaba de serlo. El mundo había desafiado las leyes y había encontrado una excepción que borró la sonrisa.

¿Cómo podía ser? Una princesa destronada por una simple criada que gastaba zapatillas y pantalones.

El príncipe también abandonó su puesto, porque no le interesaba.

Y el cuento se quedó sin soberanos. Pero no se sabe más, porque nadie volvió a ver al príncipe ni a la princesa.

"Como todos los sueños, este no puede durar para siempre. Cuando den las doce, el hechizo se romperá y todo volverá a ser como antes."

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