jueves, 6 de febrero de 2014

Londres.

Londres. La ciudad de los sueños grandes y distintos. Pero no te pases de grande, que entonces acabas en Nueva York y después de vuelta a casa con unas cuantas decepciones de más y sonrisas de menos.
Londres, la ciudad de los que paran el tiempo antes de que les pare a ellos. De los que abren los ojos antes de que suene el despertador, friegan la taza del té antes de que den las cinco y están en Nunca Jamás antes de que Peter sobrevuele el Big Ben.
Londres, la ciudad verde. Pero no te pases de verde, que entonces acabo en tus ojos y luego de vuelta a los míos con unas copas de más y unas cuantas lágrimas de menos.
Londres, la ciudad que te llueve antes de que puedas pensar siquiera en llover tú primero. Que llueve más de lo que tú has llovido nunca, que puede ser mucho; que te llueve para que dejes tú de llover, o para llover contigo. La ciudad que te moja con gotas de culpa. Por haber llovido tanto.
Londres, que tiene algo en su forma de moverse, en cómo ella sonríe, en su estilo. Pequeña, que ya vuelven las sonrisas, que ha sido un largo invierno, pero aquí llega el sol. Ya llega, porque el cielo está azul y el viento es tan fuerte que me vuelve loca.
Londres, que siempre estará cuando yo no esté y me faltará hasta que pueda estar. Que me conocerá mucho más que yo a ella jamás. Que me esconderá por sus calles y yo, yo me dejaré extraviar.
Londres, espera a que tenga sueños grandes, relojes en hora, ojos marrones limpios de lluvia y me haya aprendido Abbey Road entero. Espérame, que entonces iré por un rato.

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