Me quedo siempre con los finales felices, y mira que a veces los que acaban en rompeolas saben más a casa.
Será que yo ya tengo muchas olas rotas.
Y la sal me empieza a saber amarga.
Quizá sea la roca contra la que siempre me estrello. No se aparta a la segunda. Ni a la tercera ni a la sonrisa bonita que desde lejos predice un terrible desenlace.
Lo siento pero a mí ya no me vale el consuelo de los que tropiezan dos veces. Yo llevo ya quién sabe cuántas y no aprendo a saltarla. No me enseño a esquivarme, ni a mis gritos interiores; es difícil silenciarlos.
Eso sí, no me toméis por tonta, voy cambiando de veneno, aunque a secas sea el mismo. El problema es cuando el mar parece que está en calma.
Pero llamadme maniática si queréis, y qué le voy a hacer si me gustan más las olas cuando vienen con bandera roja.
No sabéis qué bien se nada al principio en la espuma, lo malo es al final, cuando se nada en tiburones, cuando ves bonitos hasta sus dientes. Y te acercas y lo acaricias, y el dolor es casi tanto que parece que sea un beso.
En ese instante el final feliz ni siquiera había estado como opción, pero oye, que quién sabe, todos creemos en milagros alguna vez en la vida.
Hasta que acabas en la orilla, dando gracias por tu vida, que has salvado de un naufragio. Aunque sepa ya que no. Que me he ahogado en lo más profundo y aún sigo intentando salir. Que la arena es de mentira y solo trata de amortiguar la falta de oxígeno.
Y es que no sabes que te estás ahogando hasta que todo el aire que te queda en los pulmones lleva otro nombre. Hasta que no recuerdas qué respirabas antes y hasta los más cercanos momentos se vuelven ya recuerdos.
No te das cuenta de que te ahogas hasta que el miedo empieza a llevárselos y traerte de vuelta a ti.
Y entonces la sal ya no me sabe amarga. Ya no sabe. Y el mar se vuelve negro y aunque el cielo llueva ya no me mojo. Aunque las olas rompan ya no las oigo, pero me obligan a nadar hasta el siguiente maremoto.
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