Habían pasado cuatro años. Cuatro años ya desde la primera
vez que la vio. Y, en ese momento, por primera vez, tenía la oportunidad de
estar realmente con ella.
Le temblaban las rodillas y tenía un nudo en la garganta,
aunque aquello no fuera tan nuevo para él. Había visto su rostro miles de veces
y había escuchado su voz otras tantas. Había visto su sonrisa y escuchado sus
gritos de enfado y de alegría. Aunque hubiera sido desde lejos, pero lo había
hecho. E, incluso, alguna vez que otra había conseguido encontrar sus ojos con
su mirada, aunque ella no se diera cuenta, aunque no fuera consciente de que
era a él a quién estaba mirando.
Pero en ese momento era diferente, era más real. En ese
momento tenía esperanza, por pequeña que fuera, de que algo ocurriese.
Cualquier cosa. Solo que ocurriese.
Y se acercó a ella, que sonreía hacia sus adentros quién
sabe por qué.
-Hola – le dijo armándose de valor.
-¡Hola! – le contestó la chica, sorprendida, dándose la
vuelta y mirándole a los ojos.
El chico soltó el aire que llevaba conteniendo un rato y
sonrió. Allí estaba. Y le estaba mirando a él. Esta vez de verdad.
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