lunes, 26 de noviembre de 2012

Ojos como espejos.


 Subió la vista hasta encontrarse con sus ojos y, una vez allí, no vio nada, solo unos ojos, de un color bonito. Aun así, sonrió. Pero no sabía si era alegría o pena. Ladeó la cabeza y se lo preguntó. ¿Era de alegría porque conseguía no caerse en seguida dentro de los ojos de los demás? ¿Por qué conseguía no involucrarse? ¿No investigar dentro de sus sentimientos? ¿O era tristeza porque no es que no quisiera adentrarse en las personas, si no que no podía? Siempre había optado por la primera opción. No le hacía falta conocer a la gente para conocerse a sí mismo. No le interesaban los pensamientos de los demás. ¿Para qué? Ya tenía los suyos. Lo único que conseguiría mirando a su alrededor sería encontrarse con algo que le gustara más que su propio interior. Y acabar persiguiéndolo. Y eso no le interesaba.
 Pero ¿y si el problema era que había perdido esa capacidad tiempo atrás? La de ver a las personas. ¿Y si en realidad no era capaz? Recordaba perfectamente la primera vez que se había dado cuenta de que los ojos es la esencia. De que una persona puede estar diciéndote muchas cosas con palabras pero, hasta que no ves sus ojos, no sabes realmente qué te quiere decir. Qué es lo que quiere expresar. Recordaba también la primera vez que había mirado a los que, desde ese momento en adelante, serían sus ojos favoritos. Había visto muchas cosas en esos ojos. A veces acompañadas con palabras. Otras veces no.

Y después esos ojos habían desaparecido. Solo los podía ver en su memoria.

No recordaba ningún cambio más.

Solo que a partir de ahí había dejado de ver en los ojos de los demás. Les escuchaba, entendía lo que decían, pero no le llegaba.

Había sopesado varias opciones como causas de su problema. Había llegado a pensar que en cierto momento había comenzado a ver con esos ojos, con sus favoritos, los que se habían ido. Y, al irse, no pudo ver más.

Porque, a veces, si a la vez que miraba a alguien pensaba en esos ojos, a veces, podía ver algo, una sonrisa, un recuerdo. Pero en seguida se iba. Porque su memoria no era perfecta. Porque ya no podía reconstruir sus nuevos ojos con exactitud y estos no estaban allí para mirarlos.


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