Subió la vista hasta encontrarse con sus ojos y, una vez allí, no vio nada, solo unos ojos, de un color bonito. Aun así, sonrió. Pero no sabía si era alegría o pena. Ladeó la cabeza y se lo preguntó. ¿Era de alegría porque conseguía no caerse en seguida dentro de los ojos de los demás? ¿Por qué conseguía no involucrarse? ¿No investigar dentro de sus sentimientos? ¿O era tristeza porque no es que no quisiera adentrarse en las personas, si no que no podía? Siempre había optado por la primera opción. No le hacía falta conocer a la gente para conocerse a sí mismo. No le interesaban los pensamientos de los demás. ¿Para qué? Ya tenía los suyos. Lo único que conseguiría mirando a su alrededor sería encontrarse con algo que le gustara más que su propio interior. Y acabar persiguiéndolo. Y eso no le interesaba.
Pero ¿y si el
problema era que había perdido esa capacidad tiempo atrás? La de ver a las
personas. ¿Y si en realidad no era capaz? Recordaba perfectamente la primera
vez que se había dado cuenta de que los ojos es la esencia. De que una persona
puede estar diciéndote muchas cosas con
palabras pero, hasta que no ves sus ojos, no sabes realmente qué te quiere
decir. Qué es lo que quiere expresar. Recordaba también la primera vez que
había mirado a los que, desde ese momento en adelante, serían sus ojos
favoritos. Había visto muchas cosas en esos ojos. A veces acompañadas con
palabras. Otras veces no.
Y después esos ojos habían desaparecido. Solo los podía ver
en su memoria.
No recordaba ningún cambio más.
Solo que a partir de ahí había dejado de ver en los ojos de
los demás. Les escuchaba, entendía lo que decían, pero no le llegaba.
Había sopesado varias opciones como causas de su problema.
Había llegado a pensar que en cierto momento había comenzado a ver con esos
ojos, con sus favoritos, los que se habían ido. Y, al irse, no
pudo ver más.


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