Mira su foto. Y recuerda sus ojos.
Recuerda el otoño que vivía en ellos, dejando caer esperanza como los árboles dejan caer sus hojas.
Recuerda el ángulo exacto que formaba su labio superior con el inferior al sonreír. Todos ellos, en realidad, cada vez que sonreía.
Recuerda también las cosquillas que le hacía su risa y como deseaba que no terminara nunca.
Recuerda su forma de hablar, como pidiendo perdón al sonido más bello del mundo por destronarle.
La recuerda al caminar, presurosa, relajada, enfadada o indecisa.
La recuerda peleándose con un rebelde moño que pretendía silenciar su rostro.
Recuerda su mirada al ser feliz, sus manos al pintar o su pecho al respirar.
Todo eso recuerda mientras, sin querer, se le abren los ojos sin avisar, quizás molestos por la luz que entra saludando desde el otro lado de la habitación.
Y en ese momento recuerda, sobre todo, que no recuerda nada. Que su memoria es demasiado débil y que ha pasado demasiado tiempo.
Pero aunque quizás ya no recuerde el número de arrugas que se formaban en la comisura de sus ojos al torcer sus labios en esa sonrisa traviesa, sí recuerda desde hace cuánto tiempo no las ve.
Recuerda perfectamente por qué no las ve.
Recuerda que la dejó ir y ni si quiera sabe a dónde.
Recuerda que no fue valiente, que no se atrevió.
Recuerda que amó demasiado, pero no suficiente. Y que aún así no amará a nadie tanto, y mucho menos más, como a ella.
Recuerda que aún recuerda.
Y recuerda... no, siente. Siente que sigue sin ser valiente y que el tiempo le ha vuelto más cobarde, si cabe.
Siente que ni siquiera sería capaz de tratar de buscar esos ojos otra vez.
Porque la ama demasiado. Que aunque haga ya tiempo que no ve al amor, siempre lo sentirá.
Y soñar con ella ha sido tan emocionante que ojalá pueda sobrevivir merced a ello.
No hay comentarios:
Publicar un comentario