Salió como una exhalación por la puerta, casi tropezando con ella y cayendo de bruces al suelo. Pero no importaba, al menos ya no. Consiguió proseguir con su apresurada carrera soltando la puerta para que se cerrara libremente.
Corrió hasta el paso de cebra más cercano y, obviamente, ni se paró a mirar en que color estaba el semáforo. De cuatro grandes zancadas lo cruzó entre pitidos enfadados y algunos gritos de los más valientes, que exigían educación.
¿Educación? ¿Qué era eso? Nada importante en ese momento.
Siguió su carrera a través de la ciudad, entre ruidos de motos, gente apurada y algún que otro piar de cualquier pajarillo.
Pero no se fijó en todo eso. Ya no era importante.
Pasó a través de un parque, lleno de niños jugando, madres rogando a los niños que dejaran de meterse arena en la boca y, otras, tirando de ellos para volver a casa. Tampoco se fijó en nada de eso.
Al igual que nadie se fijó en ella. Volvían la cabeza y la miraban con desdén, pero al final se acababan cansando y dejaban que siguiera su carrera hacia quién sabe dónde. No la veían realmente. Porque no podían. Era un fantasma y ya nadie podría verla.
Corrió por la carretera que salía de la ciudad. Corrió por el camino que llevaba a la playa. Se cruzó con bicis, coches, que la miraban pero no la veían. Pasaba desapercibida. Como cualquier fantasma.
Se desvió después hacia el acantilado, sin dudarlo un solo instante, corriendo entre las personas que volvían de allí, para los que también era invisible.
Se estaba volviendo invisible incluso para ella misma a esas alturas. Se había hecho tan a la idea, aunque en demasiado poco tiempo, o quizás no, que no supuso gran diferencia para ella dejar de correr sobre suelo firme y comenzar a hacerlo sobre el vacío que se extendía tras dejar atrás el acantilado.
Quizás la mayor diferencia fue el sentimiento de libertad que hacía tanto tiempo que no experimentaba. Sí, aquello fue bastante fantástico. Una explosión de absolutamente todo.
Y después, nada.
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