No era una tarde distinta de las demás. La taza de café era la misma, comprada hacía un par de años en Italia, el contenido también igual, quizás un poco menos amargo aquella tarde, aunque no lo había notado; y el cuadro al que miraba fijamente tampoco se había movido de esa pared desde hacía años.
Le recordaba a una vieja promesa hecha mientras lo colgaban tiempo atrás. "Lo quitaré cuando deje de quererte" comentó sonriendo mientras se besaban. "No te dejaré quitarlo, entonces" contestó. "Pero te vas". "Volveré". "No te creo". "Lo prometo".
No se habían vuelto a ver.
Había estado al borde de quitar ese cuadro millones de veces, pero siempre se había terminado decantando por creer en las promesas, al menos en una en toda su vida. Además, no le gustaba mentir.
Aquella tarde se lo volvía a plantear. Torció la cabeza para mirarlo de otra manera. Si lo quitaba, estaría engañando a su propia promesa, la estaría rompiendo. Pero eso significaría que tampoco había sido cumplida la otra.
Un timbrazo terminó con sus especulaciones. En un primer momento ni pretendió moverse, así que dio otro sorbo al café.
Un segundo toque hizo que por fin se levantara con intención de ir hasta la puerta, pero un tercera llamada hizo que su cuerpo quedara inmovilizado recopilando la información.
Segundos después miró el cuadro, miró la taza y la dejó sobre el alféizar de la ventana, y nunca nadie volvió a saber de ella, quizás se caducó el café; y salió corriendo hacia la puerta.
Una vez la cerró desde fuera no volvió a ser abierta y no se volvió a pisar aquel lugar. El cuadro tampoco fue descolgado jamás.
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