miércoles, 12 de junio de 2013

Vanos intentos de matar al eterno enemigo.

Casi no apartaba la vista de ella mientras copiaba sus curvas. A pesar de ello, no había necesitado rectificar su dibujo ni una sola vez. En realidad solo la miraba porque siempre la había considerado su paisaje favorito y ya que tenía una excusa para no despegar sus ojos de ella no iba a desaprovecharla, pero sabría colocar perfectamente todos los lunares sobre su piel si le dieran un mapa mudo de su cuerpo; sabría decir cuántos centímetros sobrepasaba su pelo la altura de sus hombros y el número de ondas que hacía cada uno de sus mechones.
Se sabía la tonalidad que adquiría cada recoveco de su tez al darle la luz del sol, de los focos o de la alegría de su amor.
Conocía el grosor de sus labios cuando la besaba, cuando ella la besaba a él y cuando no quería besar. También cuando bebía chocolate caliente y se volvían de color negro durante unos instantes. Solo unos instantes porque a él también le gustaba el chocolate. Y sus labios.
Podía decir cuántas objeciones soportaría ese día por el color con el que hubiera decorado sus uñas, pero cuando no se las pintaba, era imposible. Aunque él también lo sabía.
Era capaz incluso de atrapar fugaces pensamientos según volaban por su mente por la expresión que adquirían sus ojos, las arrugas que aparecían en su ángulo exterior o la forma que tomaban sus cejas.
Aunque eso siempre había sido lo más complicado, nunca dejaba de aprender, nunca dejaba de descubrir cosas nuevas. Y aún siempre se le escapaba esa mirada de difícil interpretación que de vez en cuando sorprendía cruzando veloz sus ojos.
Ahora la tenía alojada en ellos mientras seguía mirando de perfil a cualquier infinito desconocido para él. Cuando miraba así él se perdía, perdía y se rendía. Quizás algún día la descubriría.
-Terminado - anunció, dejando caer el carboncillo sobre la caja de pinturas.
Ella relajó la mirada, la fijó en él y sonrió. Pero no se movió. Sabía que no le hacía falta. Él iría a su encuentro en unos segundos. Es más, ya estaba allí.
-¿Puedo verlo? - Canturreó levantándose del taburete y avanzando hacia el lienzo sin esperar su consentimiento.
Cuando llegó hasta él se encontró con un dibujo que databa de diez años atrás, con trazos medio borrados que él se encargaba de repasar cada día. Le propinó una bofetada.
-¿Cuántas veces te he dicho que quiero que hagas uno nuevo?
Él no contestó, como cada día, y, tras agarrarla de la cintura, besó su recuerdo, también como cada día desde la última vez que besó su boca de carne y hueso.

1 comentario:

  1. Mmm... Me recuerda a tus primeras entradas de relatos. Tal vez sea el estilo, o el tipo de argumento o quizás las palabras... No sé, pero el caso es que relatas de una manera que dices más de la historia con sentimientos o pensamientos de los personajes que con el propio narrador. No sé, es un estilo totalmente opuesto al de Steinbeck por ejemplo. En fin, que tienes un estilo muy propio y eso es lo que hace de tus relatos pequeñas obras muy especiales.

    ResponderEliminar