¡Por fin era veintitrés de abril! Era el día. Al fin habían pasado los trescientos sesenta y cinco días desde que salí del último libro. ¡Y en ese momento podría hacerlo de nuevo!
Así que, como cada día del libro, salté desde el calendario hacia la primera obra que encontré cerca. ¡Qué esponjosas estaban las páginas y qué bien olía el papel! Dejé que la tinta me recorriese todo el cuerpo antes de traspasar la primera hoja. La sentí escurrirse por mis brazos, por mis piernas, incluso dejarme el pelo perdido, hasta que, por fin, me envolvió entera y me escupió a cualquier lugar de la literatura. El primero sabía que sería ese lugar de la Mancha del que nunca recuerdo el nombre, y es grave porque siempre es el primer sitio al que me lleva la tinta. Allí aún seguían recordando a aquel loco caballero andante y, como no me preocupaba que fueran a olvidarle nunca, me dirigí a otro lugar, ya que aún me quedaba otra visita obligatoria antes de las sorpresas.
Me dejé arrastrar de nuevo por la tinta, hasta llegar a la superficie del libro y conseguir saltar al de al lado. El año anterior tocó Romeo y Julieta, supongo que este año será Hamlet. Y, en efecto, la tinta me llevó hasta el pequeño pueblo en que me atreví a dudar que sean fuego las estrellas, que el sol se mueva, que la verdad sea mentira pero, bajo ningún concepto, que ame.
Me pregunté en qué libro caería después. Di un par de vueltas sobre mí misma al salir a la superficie de Hamlet y salté en la dirección en la que me encontré al terminar de girar. Aquel libro estaba tranquilo, desconocido, mayor, pero no antiguo. Me inspiraba curiosidad. Traspasé un par de páginas con cuidado de no llevarme ninguna palabra por delante y elegí sumergirme en una que me llamaba insistentemente. Cuando llegué estaba todo lleno de oscuridad, ¡la distancia la había puesto entre tu cuerpo y el mío! Me encontré después palabras sangrando, besos implorando ser rescatados y manos sin tacto. Aquello era a la vez hermoso y terrible. Me alejé enseguida de allí, temiendo sufrir una explosión de sentimientos, pero alegre de haber conocido a Caballero Bonald y segura de que volvería por allí.
El último libro me esperaba con ansia. ¡Estaba aún sin abrir! Eso prometía, lo más probable es que me quedara allí un tiempo. De un gran salto que di con inmensas ganas aterricé sobre la V del apellido de casada de Emma. Querido Flaubert, será un placer pasar un tiempo con usted.
Y mientras tanto, ¡a esperar al próximo día del libro!
Ay, ay, ay. ¡Me encanta!
ResponderEliminarAdoro como haces esta clase de historias originales, y a su vez conservas tu manera de escribir, es muy genial. Y obviamente es muy apropiado dado que ayer fue el día del libro...en fin, que me ha gustado mucho y que me encanta cómo cambias de estilo sin perder tu manera de escribir, y me estoy repitiendo, pero que eso, que no dejes de escribir porque lo haces genial.
Muchos besis de una de tus mareas <3